¿Se acuerda de la edad de su hij@?

Cortesía de www.freedigitalphotos.net

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Siempre he sido una fiel defensora de la necesidad de educar niños con límites, que acepten un no por respuesta, que respeten las figuras de autoridad y que fracasen y aprendan de ello.  El artículo que publico hoy no se opone a lo anterior pero explora la otra orilla a la que a veces podemos llegar en función de buscar educar bajo los anteriores parámetros.

Mi hijo de un año y medio tiene una personalidad y un carácter más definido, es capaz de manifestar que se opone a una de mis ordenes, y para ser sincera en varias ocasiones me toma algunos (o muchos)  minutos que me obedezca, (para ser aún más sincera a veces ni siquiera lo hace). Lo anterior no tiene nada de raro; hace parte del desarrollo normal de los niños. La reflexión que creo vale la pena hacer es mi reacción frente a estos nuevas manifestaciones de su parte (las cuales estoy segura muchos de los que están leyendo, pueden decir que alguna vez han compartido). Básicamente en algunos momentos sin saberlo busco que responda como un niño de cuatro años y no como uno de 18 meses. Cuando esto pasa su comportamiento me genera frustración y una sensación de no estar haciendo las cosas bien y en consecuencia esto me lleva a actuar de una manera que tampoco me deja muy contenta.

Las expectativas que tenemos sobre otras personas en gran parte guían nuestra actitud y comportamiento frente a ellos. El tener altas expectativas sobre un hijo o un alumno puede ser algo positivo ya que éstas pueden constituirse como un factor mediador en la relación logrando que el otro explote al máximo su potencial. Sin embargo, una cosa es tener expectativas altas y otra es esperar que respondan a exigencias que no corresponden con lo que de acuerdo a su desarrollo es coherente. ¿Cómo funcionan nuestras expectativas con nuestros hijos o alumnos? ¿Están basadas en lo que por su desarrollo se puede esperar de ellos? O por el contrario ¿queremos verlos como pequeños adultos?

Buscando otras opiniones me encontré con un artículo de un blog que me pareció  tiene un punto muy interesante(http://abundantlifechildren.com/2012/05/08/through-their-eyes-keeping-our-expectations-developmentally-appropriate/). Habla del efecto que puede tener sobre los adultos el atribuir motivaciones negativas a los comportamientos de los niños. Un ejemplo es pensar que un bebé de 9 meses bota la cuchara al piso de manera repetitiva porque quiere indisponer a la mamá, o asumir que un niño de dos años que no obedece cuando se le dice que no toque el computador, está necesariamente actuando de manera desafiante y mal intencionada.  Como la autora del escrito plantea, hacer este tipo de atribuciones es sobrestimar el desarrollo emocional de un niño y por consiguiente esperar más de su comportamiento de lo que realmente puede dar. Así mismo es ponerse en una posición de sentirse desafiado o irrespetado y por ende actuar en consecuencia (usualmente castigando o haciendo algo para demostrar que somos autoridad). Si alguien que tiene hijos un poco mayores lee esto podría pensar que lo que he dicho solo aplica para niños muy pequeños; no obstante, pienso que es una reflexión que vale la pena hacer con niños en diferentes etapas. Con adolescentes  es común ver como  se les ponen expectativas inadecuadas cuando por ejemplo hay un divorcio y se espera que el o ella sea el “mensajero” entre papá y mamá tarea para la cual claramente no está preparado.

Cada etapa de la vida de un niño o adolescente va marcando hitos o escalones que a medida que pasa el tiempo este debe estar en capacidad de lograr. En ese sentido el reto de un padre (que normalmente no tiene formación sobre temas de desarrollo) está en reflexionar sobre que tan coherentes son sus expectativas con el momento del desarrollo en las que esté el niño. Creo que muchas cometemos errores cuando sin querer, vemos a los niños y adolescentes a través de nuestros lentes de adultos y no a través de los de ellos. ¿Podría hablarse entonces de desarrollar una mayor empatía o capacidad de tomar perspectiva frente a los niños y adolescentes sin olvidarse de la estructura y los límites?

Desde que soy mamá he encontrado que una de las cosas fascinantes de serlo es que en el proceso se “reaprende” o se recuerda lo que significa ver el mundo siendo niño. Por eso mi invitación hoy es a que se enmarquen los límites y las consecuencias que se asignan por su comportamiento, dentro de un marco de referencia que tenga en cuenta lo que cada niño puede dar. Que no se espere más de ellos ni menos (porque esto también es contraproducente) y que por encima de todo se disfrute el proceso de redescubrir cómo es que ellos entienden y asimilan el mundo que les tocó vivir así como lo que producen a partir de esas comprensiones, antes de que se conviertan en adultos y vean el mundo con nuestros mismos lentes.  

 

Por Mariangela Rodriguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

@mariangelabadel

 

 

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