Una generación de narcisos

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Primero yo, segundo yo, tercero yo. Así podrían definir algunas personas a la generación de jóvenes nacidos entre 1982 y 2000 aproximadamente. Es mucho lo que se ha dicho sobre los “millennials” (ese es el nombre que le han puesto); en Internet existen publicaciones que los atacan y otras que los justifican. Aunque “millennials” es un término en inglés que principalmente se refiere a esta generación de jóvenes en Estados Unidos y que en parte explica su idiosincrasia debido a la recesión económica que ha vivido ese país,  creo que la discusión es válida para Latinoamérica.

En mayo de este año la revista TIMES publicó un artículo llamado “The Me Me Me Generation”. En el Joel Stein calificaba duramente a los millennials usando adjetivos como  narcisos, perezosos, superficiales y egocéntricos. Las reacciones no se hicieron esperar en rechazo o defensa. Como siempre, creo que no está bien simplificar los fenómenos y sacar conclusiones muy rápidas o que busquen generalizaciones. Como siempre creo que frente a lo complejo, es importante incluir en el análisis varias miradas. Con ese fin en mente escogí el tema de esta semana, no tanto con la intención de sentar una posición en relación con qué tan buenos somos (o son porque las especificaciones de las edades varían de autor en autor y por eso no se si hablar de nosotros o ellos) sino más bien con la idea de simplemente reflexionar un poco sobre esto.

Al pensar en el tema una de las primeras cosas que se me viene a la cabeza es que el llamado “narcisismo” de los millennials tiene que ver con una respuesta de sus padres a educar bajo un esquema diferente al temor  y al autoritarismo el cual a veces tenía implicaciones negativas a nivel psicológico. Podría denominar este tipo de crianza como la del tributo a la autoestima a como de lugar. En varios de los artículos que leí me llamó la atención una expresión que usaban sus autores. En español sería algo así como que los millennials son la generación de los trofeos. Creo que la expresión explica perfectamente mi descripción de la crianza en el sentido en que se refiere a que esta generación recibía trofeos por todo: por participar, por esfuerzo, por simplemente estar ahí, lo cual pudo haber tergiversado el real significado de lo que es el reconocimiento y el construir una sana autoestima. Lo anterior sumado a que esta generación cuenta con Facebook, Twitter, Instagram y las demás redes sociales las cuales permiten mostrarle al mundo ese egocentrismo y recibir reconocimiento a cambio.

En unas de las publicaciones que leí, se sentía una especie de apatía con respecto a lo que los millennials son capaces de lograr y al impacto que pueden tener sobre la sociedad.  Para muchos las expectativas no son muy altas.  Algunas de las críticas o preocupaciones tienen que ver con que carecen de habilidades sociales por el alto uso de dispositivos tecnológicos, les falta conciencia sobre los demás por el egocentrismo con el que se les identifica, tienen una personalidad altiva y  se sienten empoderados,  no respetan las figuras de autoridad, no son tan estables en los trabajos como lo solían ser sus antecesores, gastan más de lo que ganan o tienen y viven con sus padres aún siendo adultos jóvenes. Sin embargo, y aunque siempre hay que reconocer que puedo tener una visión limitada,  mientras leía pensaba en tantos casos de personas jóvenes que ocupan altos cargos, que emprenden con iniciativas importantes y exitosas a edades tempranas y que tienen personalidades que dejan huella  y les permiten vivir múltiples experiencias que los hacen ser bastante interesantes.

Yo no soy partidaria de  hacer generalizaciones o juicios negativos sino más bien ser lo más objetiva posible y poder rescatar lo positivo, lo negativo y así pensar en un balance. ¿Qué sería entonces lo que las generaciones que les  siguen deberían rescatar y qué no? ¿Qué sería lo que los niños más pequeños, deberían aprender de ellos? Para intentar responder a que se debería rescatar tengo que hacer alusión a algo que leí en el Huffington Post lo cual me encantó y además comparto.  Simone N. Sneed dice que esta generación busca, redefinir lo que es el éxito, buscar propósito en lo que hacen y  alinear sus pasiones con su día a día. Para mí  esto quiere decir que buscan vivir la vida disfrutándola, que no quieren vivir para trabajar  sino disfrutar de lo que hacen y convertir su forma de ganarse la vida en algo que los llene más que en una obligación. Los millennials también son seres humanos abiertos a la diversidad, (una encuesta del Pew Research Center muestra como son más abiertos a las diferentes razas) y además aceptan y manejan el cambio con mayor facilidad. Tienen carácter y desafían las maneras tradicionales de funcionamiento de la sociedad, en otras palabras, no “tragan entero”. Personalmente creo que esas generaciones  entendieron que tienen el mundo a sus pies y que las oportunidades, si así lo quieren, son todas.

En cuanto a lo que le enseñaría distinto a mi hijo, creo que sería muy importante el rescatar el respeto por la autoridad. No creo que se debe “tragar entero” como se dice coloquialmente pero si creo que los niños deben saber donde están los límites y cuando no es bueno traspasarlos. Creo también que la tecnología no puede desplazar el valor del contacto humano, las conexiones y los vínculos reales. Los niños y adolescentes deben aprovechar todos los beneficios de la tecnología pero no dejar a un lado la interacción adecuada con sus semejantes. Tampoco creo que se deba confundir la idea de querer disfrutar de lo que se hace y alinear la existencia con las propias pasiones, con una falsa idea de obtener las cosas fáciles, sin disciplina y esfuerzo. A su vez considero que el reconocimiento no puede ser automático sino que se debe ganar y que de vez en cuando descentrarse un poco y pensar más en los demás no le sentaría mal  a nadie.

El artículo del TIMES tenía como imagen una adolescente tomándose una foto con su celular. Pareciera que si hubiera muchos narcisistas  enamorados de ellos mismos publicando y compartiendo fotos de cómo se ven,  de lo que hacen y lo maravillosa que es su vida. A veces pareciera que quisieran popularidad o hasta aprobación  a través de la Web. Talvez algunos se reduzcan a esto pero creo que hay bastantes más que no se quedan ahí sino que intentan ir más allá y superar las expectativas de los que no son muy optimistas y no esperan mucho de ellos. Puede ser que lo que ocurra es que lo estén haciendo en formas que desafían las prácticas tradicionales.

Por Mariángela Rodríguez Badel – mariangelabadel@gmail.com

 

 

 

Dicen que mamá solo hay una y que papá puede ser cualquiera

Cortesía de Alex from Ithaca http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Flickr_-_eflon_-_Father_and_Son.jpg

Cortesía de Alex from Ithaca

Hace bastantes  años se pensaba que el rol del padre estaba limitado a ciertos aspectos de la educación de los hijos (por ejemplo el que proveía económicamente y el que regañaba cuando las cosas se ponían serias). Los niños asumían que el papá era ese ser al que había que tenerle absoluto respeto y hasta temor, era el que traía el pan a la mesa y con el cual nunca se podía hablar de varios temas. Muchos dicen que mamá es mamá y no hay nada como ella. Muchos hombres a veces se aprovechan de esto y delegan su responsabilidad como padres sobre otros. Sin embargo el mundo ha cambiado y con el paso del tiempo son muchos los que con su papel han flexibilizado los estereotipos del pasado y están dándole cabida a la posibilidad de pensar que su rol también es irremplazable.

 Creo que no es muy difícil adivinar porque escogí este tema como mi artículo para esta semana. Se aproxima el día del padre y  aunque a veces creo que este tipo de fechas son resultados de esfuerzos de mercadeo, me parece importante rendirles un homenaje y reconocer la labor de aquellos que se lo toman con toda la seriedad, compromiso y responsabilidad del caso. Aquellos que cambian pañales, caminan con pañaleras rosadas al hombro, dejan a un lado su celular mientras ayudan con la tarea de matemáticas, van a las entregas de notas y presentaciones escolares,  consienten pero a la vez ponen límites y enseñan disciplina, recogen en fiestas en la madrugada, leen cuentos, son ejemplo, juegan, alimentan y bañan. Muchos de ellos se han encargado de que su rol sea más reconocido, sin embargo en muchas ocasiones las mamás nos llevamos todo el protagonismo. Por eso este artículo es en su honor.

 En alguna época el rol de los padres era subestimado. La psicología tuvo algo que ver, ya que en las investigaciones sobre crianza se le daba poca importancia a este tema e incluso su influencia frente a los hijos era reportada como insignificante. Los investigadores no los tenían en cuenta en sus estudios y solo contaban con las madres para profundizar en el conocimiento acerca de los proceso de crianza y formación de los niños. Los tiempos son distintos ahora.  Las transformaciones sociales y económicas, como por ejemplo el ingreso de las mujeres a la fuerza laboral, han hecho que paulatinamente los padres hayan ido transformando su papel, volviéndolo cada vez más activo y diverso. Los estudios ahora muestran cómo el rol del padre SI es importante. Según un artículo de la Asociación Americana de Psicología (APA), gracias a múltiples investigaciones llevadas a cabo con familias de todo tipo de origen étnico, es posible confirmar que el afecto de un padre y el nivel de involucramiento con su familia, promueve el desarrollo social y emocional de los hijos.

 ¿Pero qué exactamente es lo que dice la investigación? Child Welfare es una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos que busca promover el  bienestar de los niños y adolescentes. En uno de sus reportes (The Importance of Fathers in the Healthy Development of Children) hablan sobre algunos de los hallazgos. En resumen los estudios realizados corroboran que un padre que se involucra en el día a día de sus hijos aumenta las probabilidades de que éste o ésta tenga un desarrollo positivo en áreas como su habilidad cognitiva, desempeño académico, bienestar psicológico y comportamiento social. Sobra decir que este impacto no se limita a la infancia sino que trasciende a la vida adulta.

 Es cierto, las mujeres fuimos bendecidas con la posibilidad de cargar a nuestros hijos durante 9 meses, sentirlo y empezar un vínculo para toda la vida, pero eso no quiere decir que su papel deje menos huella en sus hijos. Por todo lo anterior, esta publicación en mi BLOG tiene la intención de resaltar y honrar la importancia  que el rol de los papas tiene en la vida de los niños y adolescentes. No importa si se es padre de un niño o niña, si está casado, divorciado, o es padre soltero; no importa si la mujer gana más o si sigue siendo el único proveedor en su casa. Su presencia es tan importante como la de la madre.

 Así que para los papás actuales y para los que algún día planean serlo: Mamá es mamá, pero cuando papá es papá y está presente en la vida de sus hijos, su presencia así como su ausencia puede ser trascendental y puede marcar una diferencia. Encárguense de corroborar de que en su caso particular evidentemente  mamá solo hay una pero que papá NO puede ser cualquiera.

 Gracias  y feliz día a mi padre y al papa de mi hijo. Feliz día a todos los que se toman su papel como toca.

Por Mariángela Rodríguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

El fenómeno de los niños y adolescentes adultos

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Con la variedad de teorías que a través del tiempo han surgido en relación con cuáles son las mejores pautas de crianza,  existe tanta información, que en ocasiones  los padres y educadores se abruman y confunden. La tarea de encontrar un buen libro sobre paternidad en una librería puede ser extenuante; ni hablar de la búsqueda de libros o artículos virtuales. Como es natural, a lo largo de la historia se han discutido múltiples posturas en relación con el tema, que han pasado de contemplar al niño como un ente pasivo al cual los adultos tienen que llenar de conocimiento, a asumir en la práctica que por los afanes de la vida moderna el niño es capaz de tomar responsabilidades que no le corresponden.

Yo claramente, no tengo la teoría definitiva ni la verdad absoluta en cuanto a cómo educar a los niños de hoy (de hecho creo que no existe UNA verdad), pero en este artículo me gustaría reflexionar sobre cómo sin darnos cuenta atribuimos a los niños y jóvenes características de adultos que no son capaces de asumir lo cual puede afectarlos negativamente. ¿A qué me refiero con esto?  A que esperamos que nos ayuden con decisiones que no están listos para tomar, a que olvidamos que somos los adultos los que tenemos el criterio para abordar ciertas situaciones y a que a veces les transmitimos información que no están listos para procesar. Creo que en cierta medida esta tendencia viene como respuesta a  las épocas de la educación basada en el autoritarismo, donde el niño prácticamente no tenía ni voz ni voto en la vida familiar y donde en muchas circunstancias casi que era anulado.

Es común escuchar a los padres, abuelos y adultos en general, hablando de lo inteligentes que son los niños de hoy. A menudo nos sorprendemos con muchas de sus respuestas y nos parece que tienen un “chip” bastante más sofisticado que el nuestro. Yo estoy de acuerdo. Los niños de hoy en día son diferentes. Pero para mi, esto no es más sino una respuesta adaptativa de la especie para enfrentar el mundo moderno. ¿Dicha característica significa que dejan de ser niños? Creo que lo que a veces ocurre es que confundimos inteligencia con madurez y ahí es donde empezamos a hacer atribuciones que para mí son incorrectas. Pensando en esto, me encontré con las ideas de  Rosa Barocio, que  una parte de su libro Disciplina con Amor,  explica esto mejor que yo. Refiriéndose a los niños dice lo siguiente. “Pueden ser muy inteligentes, tener una sabiduría que nos asombra por su profundidad, pero eso no quiere decir que puedan manejar sus vidas o que tengan la madurez para tomar decisiones importantes. Porque la madurez es resultado de la experiencia, es decir, de asociar causa y efecto y poder recordarlo”. Estoy completamente de acuerdo con dicho planteamiento. Un ejemplo claro que ilustra este punto es lo que ocurre a veces con niños que tienen inteligencia superior, pero que en el ámbito emocional y social necesitan mucho apoyo.

Para ahondar un poco más en lo anterior creo que es importante pensar en qué tipo de  atribuciones pueden darse  en el día a día. Más concretamente creo que el análisis tiene que ver con qué tanto decidimos integrar el mundo del adulto con el del niño. ¿Qué decisiones les ponemos a tomar? ¿Pueden decidir que tantos chocolates comen? ¿Pueden decidir hasta qué horas ver televisión? ¿En qué casas de amigos quedarse a dormir? El querer y el deseo no pueden ser suficientes criterios para dejarles escoger. A veces se puede, pero no siempre. También creo que todo esto tiene que ver con cómo y en qué momento les presentamos el mundo adulto. Cuando ven los noticieros o nos escuchan hablar de  cómo el amigo de nuestra amiga dejó a su esposa por otra, ¿qué tanto están pudiendo realmente procesar? Personalmente pienso que no se trata de esconderles o adornarles la realidad  sino de presentárselas de tal manera que la puedan asimilar de acuerdo al momento de desarrollo en el que estén.  

Todo lo anterior también aplica para los adolescentes. Esta, creo que es una etapa que pone muchos retos en cuanto a qué responsabilidades dar y cuáles no. En este momento de la vida hay que dar ciertas libertades pero no todas y el entender esa tarea pone a prueba el criterio adulto. Cuando un adolescente de 15 años pide permiso para hacer un plan con los amigos que no creemos vaya a ser lo suficientemente protegido, quienes tienen el criterio para poder decidir que no va son los adultos a su alrededor. Por la forma como se expresan y argumentan lo que quieren, a veces nos confunden y nos hacen pensar que tienen el mismo criterio nuestro pero en algunas ocasiones no es así. A veces la frase “todos fuimos adolescentes, todos pasamos por ahí” aplica para conectarnos con lo que disfruta un joven, pero no aplica para determinar que le conviene más. Si con la madurez que tenemos ahora viviéramos la adolescencia por segunda vez, estoy segura de que la experiencia sería en muchos aspectos, muy diferente.

En este punto creo que es pertinente hablar de la expectativa de independencia en los niños. Esta es una expectativa de la educación moderna y en ningún momento pretendo decir con este artículo que esto es inadecuado. Para mí,  educar para la independencia quiere decir respetar las etapas de desarrollo de cada niño y usar nuestro criterio adulto para ayudarles a cumplir con las tareas típicas de cada edad, logrando que sean recursivos y se desenvuelvan en el mundo de manera satisfactoria, sin depender de los adultos en aspectos en los que no lo necesitan.

Debemos tener en cuenta que sin importar el siglo en el que estemos o la tendencia en educación que esté prevaleciendo, hay una diferencia entre el criterio adulto y el del niño. Es necesario tener  la sensatez necesaria para así poder transmitir seguridad con respecto a las decisiones que tomamos. Permitirles a los niños ser niños no es asumir que son pasivos o que tenemos que anularlos sino que por el contrario es algo respetuoso con su proceso.  El reto como todo en la vida es poder encontrar un balance sano, y aunque  no existe una receta exacta porque cada familia tiene escalas de prioridades diferentes, el sentido común si es algo a lo que todos podemos acudir en pro del desarrollo positivo de nuestros hijos. 

Las nuevas generaciones ponen los pelos de punta

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La foto es cortesía de www.freedigitalphoto.net

A  veces siento como si los adultos viviéramos con pánico de las nuevas generaciones. Pánico al  estar experimentando y enfrentando la adolescencia de uno o varios hijos, pero también de solo pensar en el momento en el que tengan que enfrentar esta etapa del ciclo de una familia. No tengo evidencia objetiva para afirmar esto, pero estoy casi segura de que si en un auditorio lleno de padres, se les pregunta si creen que las nuevas generaciones van por mal camino o si están peor que las anteriores, habría  muchas manos levantadas a la hora de decir que así lo creen.

Tengo la sensación de que esta no es la primera vez, que una generación de adultos tiene esta precepción sobre una generación de jóvenes y me gustaría poder reflexionar un poco sobre el tema en este artículo. Hace poco tuve la oportunidad de estar en un día de conferencias organizadas por RedPapaz en donde varios expositores intervinieron en relación con diferentes temas. La gran mayoría de ellos, en algún punto de su charla, hicieron alusión a esta percepción que se tiene de las nuevas generaciones y varios de ellos coincidían en que, en general,  a través de la historia los adultos han pensado que los jóvenes van por mal camino. De alguna manera todas las generaciones de jóvenes han logrado ponerles los pelos de punta a sus padres. ¿Porqué creemos que esta generación SI es la peor de todas?

Las generaciones son definidas como grupos de personas nacidas en un rango de tiempo determinado que comparten características de comportamiento, valores y maneras de ver el mundo. ¿Pero de que dependen estos rasgos que se comparten entre los miembros de las diferentes generaciones? Para mí es claro. En gran parte (si no en su totalidad) son reflejo de las transformaciones sociales (que por cierto son lideradas por adultos). Como todos sabemos el mundo evoluciona y se transforma, así ha sido siempre. De todas estas transformaciones y movimientos hay cosas buenas y otras que no consideramos tan positivas. Es esta realidad la que tenemos que aprender  a navegar.

De acuerdo con lo anterior, cada generación plantea retos que imponen al a vez nuevos interrogantes y desafíos para los adultos que tienen la responsabilidad de educar. Así como nuestra generación impuso nuevos retos para nuestros padres, nuestros hijos lo están haciendo con nosotros.

Yo no creo que el objetivo aquí deba ser invalidar los sentimientos o pensamientos de los papás en cuanto a la incertidumbre o preocupación que produce el educar en este mundo que a veces pareciera más complicado que el mundo en el que vivieron nuestros abuelos. Lo que me gustaría proponer es que no se piense en éste como más difícil, sino como más complejo (entendiendo la complejidad no como complicado si no como algo que plantea muchas variables o elementos que hay que entender). Como no esperar un mundo complejo, cuando gracias a la tecnología y sus avances, la velocidad de los cambios es abrumadora. Como no esperar un mundo complejo cuando la sociedad se está moviendo hacia debates  tan trascendentales como el  de los derechos homosexuales, la legalización de las drogas y  la eutanasia, entre otros. Como no esperarlo cuando tenemos medios de comunicación (revistas, emisoras, series de televisión etc.) que proponen modelos a seguir bastante desviados de lo que puede ser considerado sano. Esto definitivamente plantea desafíos. Creo profundamente que como padres o educadores debemos prepararnos para sortearlos, pero con la mentalidad de educar para el mundo que tenemos actualmente, no para el mundo que tuvimos o tuvieron nuestros padres o abuelos.  

Como siempre, frente a una situación compleja, hay seres humanos que toman decisiones correctas y hay otros que no. Así como lo plantea la teoría de la selección natural, el más fuerte sobrevive. Si aplicamos dicha idea a este artículo, debemos formar niños y jóvenes que sean los más fuertes (emocionalmente, en cuanto a principios y valores y formación de carácter) para que sean los que tomen las mejores decisiones. Nuestro rol como figuras importantes en la vida de los niños y los jóvenes es el de ser mediadores entre el mundo en el que viven y su propia experiencia para que ésta sea la más satisfactoria posible.

Es cierto. Hay fenómenos que antes no se veían tan frecuentemente. Para dar un par de  ejemplos, cada vez es más común oir sobre niños con sintomas depresivos o casos de jóvenes que intentan suicidarse. Sin embargo, en mi concepto estas son reacciones (en parte) a las transformaciones sociales mencionadas anteriormente. No porque esto sea más común debemos acostumbrarnos a ello. No porque en muchos contextos se relativicen los principios y valores debemos sucumbir a promoverlos. Con los ejemplos anteriores quiero decir que como papás necesitamos adaptarnos a los movimientos de la sociedad y a sus demandas cambiantes que en mi concepto, en su mayoría, no son malas en sí mismas sino diferentes. Creo que a pesar de que a veces sintamos que el mundo es difícil (en vez de complejo) podemos siempre ver y promover el lado positivo que tiene. Yo soy testigo gracias a mi trabajo,  de que si podemos tener buenos  seres humanos haciendo buenas cosas.  Si logramos adaptarnos podremos darles las herramientas que necesiten para tomar las mejores decisiones y “sobrevivir” a la complejidad en la que nacieron.

 

 

 

“Papá no lo sabes ahora, pero te estoy observando”

El tema de esta semana no lo busqué intencionalmente como hago a veces con otros. Aunque no soy muy partidaria de promover y publicar videos sentimentales o fotos conmovedoras en redes sociales, lo que me impulsó a escribir este artículo fue un video que encontré en Facebook. Esta vez sí lo compartí (así como lo hago en mi blog) porque creí que cualquier papá o mamá debería verlo. No se si causó la misma reacción en ustedes, pero yo no pude evitar derramar un par de lágrimas. La gente que me conoce podría decir que hacerme derramar un par de lágrimas (o tal vez bastante más de un par) no es tarea difícil, pero además de esa tendencia natural a llorar fácilmente, lo que me conmovió fue la profundidad de su mensaje.

Inicialmente podría entenderse como un mensaje obvio. Los padres deben ser buenos ejemplos para sus hijos; algo que siempre se dice y se predica. Pero dejando a un lado el sentimentalismo y poniéndole un poco de análisis al tema, creo que vale la pena reflexionar sobre qué significa realmente ser un modelo o un buen ejemplo. (Para este punto es mejor que ya haya visto el video, si no lo ha hecho pare de leer y mírelo. Si no sabe inglés abajo intento traducirlo de la mejor manera posible).

El video empieza con el niño diciendo “papá no lo sabes ahora, pero te estoy observando”. Sépanlo, nuestros hijos nos están observando. No importa si tienen meses de vida, 6, 17 o 23 años. No podemos no saberlo. Lo hacen a su nivel y de acuerdo a la etapa de desarrollo en la que estén. Nos observan e interiorizan muchas cosas sobre nosotros. El ser buen ejemplo para un niño o un joven no se limita a no robar o no ser corrupto; va más allá e implica ser un buen ejemplo en lo cotidiano.

Ser un buen modelo para sus hijos o para niños que sean cercanos a usted significa, a mí parecer, mantener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. ¿Decimos que hay que ser positivos ante la vida pero a todo lo sacamos un pero?, ¿No queremos que cuando sean adolescentes tomen alcohol en exceso pero cada vez que tenemos la oportunidad nos convertimos en excepciones de nuestras reglas?, ¿Les decimos que no podemos manejar cuando tomamos por las razones correctas o porque el costo de la sanción es muy alto?, ¿Predicamos que hay que controlarse pero cada vez que tenemos rabia explotamos sin pensar?, ¿Decimos que debemos ser buenas personas pero criticamos sin compasión a otros, mentimos o difundimos rumores sobre otra gente?, ¿Tratamos a las personas que nos sirven con respeto y calidez?, ¿No entendemos la dependencia de los jóvenes a su celular pero cuando estamos con nuestros hijos parecemos de 15 años en ese sentido? ¿Decimos que no es bueno decir mentiras pero cuando llama alguien con el cual no queremos hablar, pedimos que digan que no estamos?, ¿Pedimos ser respetuosos pero hablamos durante todo el himno nacional de un evento solemne?, ¿Nos pasamos el semáforo en rojo porque no hay policia cerca? Como en el video, ¿Cuándo sin culpa le pegamos a un carro en el parqueadero sin que nadie nos esté viendo, nos vamos o hacemos lo correcto?

Ser un buen ejemplo implica un compromiso diario. ¿Leer esto lo abruma? Respeto y entiendo si es así, pero piense que ese sentimiento puede traducirse en un reto. Ser padres es una gran responsabilidad, pero sin lugar a dudas es también la posibilidad de poder ser mejores seres humanos por nuestros hijos y por nosotros mismos. Es la responsabilidad que adquirimos con ellos pero también con una sociedad que necesita de gente buena sin importar la profesión a la que se dedique, su religión, estrato o condición sexual. Es sin duda una oportunidad para otros y para nosotros mismos.

Personalmente pienso que está bien tener altas expectativas para nuestros hijos en cuanto a qué tipo de seres humanos queremos que sean. Para poder estar tranquilos mientras luchamos por conseguirlo y para disfrutar del proceso, debemos sentir que somos coherentes, debemos sentir la seguridad de tener la autoridad moral para “dar cátedra”. Tener autoridad moral no significa ser perfectos, significa poder saber que trabajamos en el día a día por ser mejores personas y por lograr esa coherencia.

Una columna en Psychology Today, habla de como de dos hijos de un padre alcohólico no necesariamente los dos van a repetir la historia de su padre a pesar de haber tenido ese ejemplo en sus vidas. Segura y afortunadamente en el caso del hijo que no lo repite, hubo otras influencias en su medio de las cuales aprendió modelos positivos. Es imposible negar que el contexto en el que los niños crecen también tiene un impacto en ellos; y hay casos en los que para bien o para mal es este el que tiene mayor fuerza. Aceptando lo anterior, ¿no cree que en cualquier escenario, lo correcto es que a pesar de todos los otros modelos de los que pueda aprender su hijo, él o ella sepan que en usted tiene una fuente de inspiración?

Para terminar me gustaría decir que a pesar de que el video se refiere específicamente al ejemplo de un padre a un niño, considero que cualquier persona es potencial de ser un buen modelo para un niño o un joven, no importa si usted es padre o madre, madre soltera, abuelo, tía o profesor. Si usted es importante para un niño también tiene esa responsabilidad. Puede leer muchos artículos o libros sobre paternidad y educación, pero lo más importante es serlo. Por eso lo invito a que deje de leer y practique.

Por Mariángela Rodriguez Badel
mariangelabadel@gmail.com

Traducción del video

“Papá no lo sabes ahora, pero te estoy observando. Estoy observando las cosas que haces. Estoy observando la forma como tratas a las personas, a mi, a mi mama y a mi hermana. La manera como vives tu vida esta teniendo un impacto inmenso en mi. Cuando sea mi momento de escoger una carrera y proveer para mi familia, tu ética en el trabajo estará en mi mente. El tiempo que pasas conmigo incluso haciendo algo sencillo, me va a generar un sentido de seguridad. Va a haber momentos en mi vida en los cuales mi integridad se va a poner a prueba y no voy a saber qué hacer, pero yo me voy a acordar de como tu defendiste lo que era correcto aunque hubieras podido hacer lo contrario. Yo haré las elecciones que tú haces. Por favor no tengas miedo de mostrarme tus fracasos, de mostrarme tus errores, yo voy a aprender de ellos. ¿Papá, me escuchas? Te estoy observando. Estoy observando lo que dices que crees realmente y lo que dices sobre Dios. Necesito tu ayuda para que me muestres el camino. Muéstrame que vivir la vida es algo bueno. Te estoy observando papá. Todos los días. Me estas enseñando como vivir así lo sepas o no”.

Interesante artículo sobre el llamado “sexting” en adolescentes

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Interesante artículo sobre el llamado “sexting” en adolescentes

El “sexting” es la práctica de compartir a través de las redes sociales, o entre teléfonos celulares, fotos o videos íntimos o con contenido sexual. Es necesario educar a los jóvenes en relación con las implicaciones que esto tiene.

http://www.nytimes.com/2011/03/27/us/27sexting.html?pagewanted=1&_r=2&ref=general&src=me

¿Usted acepta a su hij@ incondicionalmente?

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Este artículo empieza con una anécdota real que aunque sencilla, me hizo reflexionar sobre el tema de esta semana. El sábado mi esposo y yo decidimos llevar a nuestro hijo  de un año a probar una clase de natación. La realidad es que no empezó muy bien. Lloraba, gritaba, le daba susto y pedía que lo sacaran. Durante esa primera parte de la clase yo lo miraba y trataba de animarlo desde “la barrera”. Alrededor de él estaban los otros alumnos que con mucha destreza y tranquilidad, en compañía de sus padres, hacían juiciosamente lo que el profesor les decía.  La clase avanzó y poco a poco se fue tranquilizando y disfrutando un poco más. Al final hasta interactuaba con el profesor que al inicio había sido su peor amenaza.

De esta historia tan sencilla y cotidiana no se puede sacar mucho análisis. Es simple: a veces los niños necesitan tiempo para sentirse confiados y seguros frente a una situación nueva. Hasta ahí no hay nada interesante; lo anterior es un hecho y no se necesita procesar mucho para entenderlo. Sin embargo,  no fue la experiencia de él la que inspiró este artículo. Fue la mía.

Antes de hablar de mi experiencia, vale la pena aclarar que en los últimos meses él ha ido manifestando más claramente su temperamento y a que poco a poco ha dejado de ser el bebé conforme y tranquilo al cual todo le parecía bien. En otras palabras, ahora cuando algo no le gusta lo manifiesta de alguna manera (a veces bastante contundente) y para nosotros ha sido todo un proceso entender esta nueva faceta. Mi experiencia el sábado básicamente puede ser descrita como frustrante. Lo que pensaba era que no estaba bien que mi hijo se quejara y que se pusiera bravo y muy en el fondo deseé que fuera diferente. Luego de un par de horas, tuve la gran fortuna de pensar distinto y simplemente permitirme aceptar  su reacción tal y como había sido.

Siempre se ha dicho que el amor de padres es incondicional y que de esta misma forma aceptan a sus hijos. Pero  ¿qué implica realmente la aceptación incondicional?  Mi simple historia de fin de semana y las nuevas expresiones de carácter del nuevo integrante de la familia me llevaron a algunas conclusiones.

En cierto sentido aceptar  es relajarse. Es hacer un ejercicio consciente por no poner expectativas de otros en los propios hijos. Es trabajar en reconocer que el proceso de cada niño es único y que cada familia tiene sus propias batallas. Es bueno a veces tomar perspectiva y reflexionar sobre una condición humana que consiste en hacer comparaciones y en pensar que los otros siempre están mejor. Cuando en una fiesta una mamá ve que el hijo de la amiga es extrovertido y sociable, probablemente siente un poco de decepción (que además se traduce en culpa) porque el de ella es algo tímido y se toma su tiempo para entrar en confianza. Lo que probablemente esta mamá no piensa es que ese hijo de su amiga tiene sus propias batallas que luchar. Para mí, tomar perspectiva es poder concentrarse en  el propio proceso y aceptar lo que venga de el con amor y respeto.

¿Aceptar incondicionalmente significa obligarse a no cuestionarse nunca o negar los sentimientos que ciertos rasgos de su hijo le generan? En absoluto. Aceptar no es sinónimo de negar cómo se siente. Usted puede reconocer que la timidez de su hijo o hija lo frustra o le preocupa y eso no lo hace un mal padre; por el contrario lo hace un padre más sano ya que puede ser capaz de manejar esos sentimientos a favor suyo y de su hijo. A veces pienso que la sociedad manda el mensaje de que el comportamiento de los niños es el termómetro perfecto para juzgar que tan buen padre se ha sido. Considero que parte del aceptar, es no comprarse este discurso y “con la cabeza en alto” concentrarse en (como decía en un artículo anterior) ser lo suficientemente bueno; en hacer lo mejor posible.

El proceso de  aceptar también implica ser consciente de las aspiraciones personales  que  muchas veces les son transferidas automáticamente a los niños. ¿Qué tanto de lo que le molesta o le cuesta trabajo aceptar viene de sus propias frustraciones o expectativas personales? ¿Por ser alguien sociable espera que su o sus hijos también lo sean? ¿Que pasaría si entendiera de donde viene su expectativa y sin pretender que su hijo o hija sea igual a usted, trabajaran por lograr que por ejemplo siendo tímido, fuera lo suficientemente funcional socialmente?

Por ningún motivo quiero transmitir el mensaje de que la paternidad debe ser pasiva ante las fallas de los hijos. Si este fuera mi objetivo estaría ignorando el sentido último que tiene el rol de los padres. Aceptar incondicionalmente no excluye el tener ciertos estándares en cuanto a  límites, principios y valores que uno quiere que su hijo desarrolle.  Para mí quiere decir que es necesario entender que dentro de este marco general su hijo va a desarrollarse de una u otra forma y que es posible que usted no vaya a tener el 100% de control. Aceptar no es esperar pasivamente, es también  trabajar por conseguir que los defectos que pueda tener le permitan a su hijo ser lo más funcional posible y tener una vida más satisfactoria (no perfecta).

La aceptación es poderosa en muchos aspectos de la vida. En mi faceta como mamá he descubierto que uno de esos aspectos es la paternidad. Creo que permite quitarse bastantes culpas y pesos de encima.  La siguiente frase confirma lo anterior. La encontré en la página de otra bloguera que reflexiona sobre el mismo tema y la traduje para ésta.  (Solo una anotación: cambiaría maternidad por paternidad con la intención de incluir a papas y mamás por igual).

“La maternidad se trata de criar y celebrar el hijo que tienes, no el hijo que pensaste que ibas a tener. Se trata de entender que es exactamente la persona que debe ser y que si tienes suerte, él  podría convertirse en el profesor que te convierta en la persona que tú debes ser”  Joan Ryan.

 Por Mariángela Rodriguez Badel  – mariangelabadel@gmail.com

“Keep Positive and Stay Strong”

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Hace poco tuve una conversación con uno de los adolescentes con los que trabajo (digamos que se llama Rodrigo). Rodrigo me contaba que una de las conclusiones que sacó por algunas experiencias que tuvo, es que el mundo tiene un lado muy “negro” y que hay gente “muy dañada”. Mientras hablaba tenía obviamente una expresión en su cara que denotaba tristeza y desesperanza. Pensaba que es realmente muy triste que una persona de 18 años sienta que el mundo en el que vive, representa una amenaza. Para ser muy sincera en ese momento me sentí algo identificada con él. Sin embargo, yo era el adulto en ese momento. Así no me lo estuviera pidiendo explícitamente, el personaje que tenía enfrente buscaba algo de esperanza, algo que le permitiera ver la otra cara de la moneda. Cuando nos despedimos me quedé pensando en esto y decidí convertirlo en mi artículo de la semana.

 

¿Qué decirles a los niños y jóvenes para que puedan aferrarse al lado positivo de la vida? ¿Cómo desafiar esa sensación de desesperanza que como papás a veces sentimos cuando pensamos en cómo formar buenas personas en una sociedad que muchas veces solo muestra ese lado “negro” del ser humano?  

 

Así como no quería que Rodrigo cerrara nuestra conversación con ese sentimiento de impotencia, tampoco quiero que este artículo concluya con ese tinte un poco deprimente y desmoralizador. ¿Qué reflexiones hacer entonces para combatirlo? ¿De qué agarrarse?  Aunque no poseo la verdad absoluta creo que estas ideas pueden ayudar.

 

Creo en primer lugar que es necesario aceptar que este es el mundo en el que estamos viviendo. Que dadas las circunstancias actuales el propósito de la vida de cada persona debería ser hacerlo lo mejor que pueda. Rodrigo solo puede responder por sí mismo, Rodrigo solamente va a poder dar cuenta de sus acciones (buenas o malas) y solamente él va a poder sentir la satisfacción de ser un buen elemento para el universo. Solo él va a poder sentir la satisfacción de poder mantenerse fiel a sus principios, de actuar de manera coherente con el modelo de persona que él quisiera ser a pesar de las tentaciones que la vida le pueda poner en el camino para pasarse al lado “negro” del mundo (tal y como él lo decía). Esto no es un ideal que deba ser lejano en el tiempo, o para el cual deba uno tener cierta preparación, esto se hace en el día a día; en la cotidianidad de la vida tanto de un niño como de un adulto.

 

Otra idea que puede abonar a la esperanza es poner las cosas en perspectiva. Por más seres humanos que estén haciendo quedar mal a la especie hay otro tanto que están haciendo lo contrario. Buscar ejemplos de buenas iniciativas, de personas que quieren ser buenos elementos para el universo puede hacer que la balanza se equilibre un poco más. Con esto no me refiero a necesariamente buscar líderes que con sus acciones estén cambiando el mundo. Estos valen, claro que sí, pero también valen los ejemplos un poco más anónimos; un miembro de familia ejemplar, un profesor, un amigo, un empleado o un conocido que se vuelva inspirador por el hecho de vivir la vida siendo una buena adición para el planeta.

 

Una tercera idea que se me ocurre es hacer algo por los demás. Cuando se entrega algo a otra persona, la esperanza puede aumentar. Si el mundo está complicado pero uno hace algo por otros, el mensaje que se está mandando es que uno decide no ser pasivo ante las circunstancias, que uno está poniendo su cuota. Que uno cumple con su pequeña parte. Nuevamente, hacer grandes obras es maravilloso, pero las cosas pequeñas también tienen un impacto cuando lo que se hace tiene un significado para uno y para el otro. Simplemente acciones que muestren ese lado benévolo de la persona sin importar si se tiene 18 o 60 o si se es estudiante o alguien muy importante.

 

Tenemos la posibilidad de decidir que lugar queremos ocupar en el mundo. Como papás tenemos la responsabilidad de educar para que ojalá nuestros hijos se conviertan en buenos elementos para la sociedad. Lo único que no nos pueden quitar es esa libertad de decidir de qué lado queremos estar. El hecho de que unas personas decidan lo contrario, no puede lograr que el encontrarle sentido a ser buenos seres humanos se vuelva relativo. Esta es una lucha del día a día que vale la pena y que por más que nos equivoquemos en el intento trae muchas satisfacciones.

Nota: Cuando Rodrigo se iba a despedir un poco más animado afortunadamente, me dijo “…oye y con tu hijo que sea muy muy seguro y mucha comunicación desde el principio”. Sabias palabras que agradecí infinitamente.

¿Está seguro de que solo quiere felicidad para sus hijos?

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Después de lo que inicialmente iba a ser un breve receso (que se convirtió en no tan breve por vacaciones de Semana Santa y otras razones), vuelve el artículo de la semana. Durante las vacaciones, me atreví a llevar un libro conmigo. Digo me atreví porque las expectativas de poder leerlo eran realmente bajas (motivo: bebé de un año por primera vez en el mar). El libro es Disciplina con Amor de Rosa Barocio. En realidad no sabía que esperar pero a medida que pude avanzar algunas páginas, encontré ideas interesantes que me sirven para conectar otras sobre las que quise escribir hoy.

En el inicio la autora compara dos tendencias en los sistemas de crianza de los hijos; el que se usó para criar a las generaciones anteriores y con el que en muchos casos se está educando a los niños hoy. El primero, autoritario y rígido y el segundo bastante flexible y poco estructurado. Una de las desventajas del primero es que no tenía muy en cuenta el impacto que emocionalmente tuviera en el niño, el tener límites tan rígidos y el asumir posiciones tan distantes entre padres e hijos. Por el temor de seguir cometiendo errores que pusieran en juego el bienestar emocional de los niños, la balanza se movió radicalmente hacia el lado contrario. Una de las desventajas de este cambio es la poca estructura que en nombre de la felicidad se ha asumido. Algunos de los que leen mis artículos juiciosamente pueden estar pensando, “¿otra vez el tema de la felicidad?”. Si, otra vez. La felicidad como motor y norte de la educación está siendo cuestionada. La felicidad como proceso humano también “está de moda” como tema de investigación en psicología. Así que sí, vale la pena hablar y reflexionar sobre esto.

¿Existe la posibilidad de que como padres se haga demasiado por los hijos, y  en nombre de esa felicidad, se termine afectándolos negativamente? En pocas palabras esa es la tesis de un artículo en la revista The Atlantic que se llama “How to Land Your Kid in Therapy” (Como Aterrizar a su Hijo en Terapia), con el cual conecté lo que he mencionado sobre el libro de Barocio.

Al proponerse hacer demasiado por los hijos, indirectamente se está poniendo una expectativa sobre los padres que no es real. Me refiero a la expectativa de ser perfectos. En este artículo se discute la idea de que no se tiene que ser perfecto o perfecta para educar a un niño; solo se tiene que ser lo suficientemente bueno. Alguien puede tener la “mejor” crianza y aún pasar por momentos en los que no se es feliz. La crianza “perfecta” no es una fórmula para vivir permanentemente feliz, no es una vacuna contra los momentos difíciles. La autora del artículo dice que las Ciencias Sociales modernas respaldan lo anterior. Barry Schwartz, profesor de Teoría Social de la Universidad de Swarthmore dice lo siguiente (espero traducirlo lo mejor posible): “La felicidad como subproducto derivado del proceso de vivir la vida es algo excelente, sin embargo, la felicidad como meta última es una receta para el desastre”. Para mí, en otras palabras esto se refiere a que la vida es un proceso que tiene altos y bajos; que bueno que el resultado de vivir ese proceso de la mejor manera posible traiga felicidad. Sin embargo cuando esa felicidad es lo que buscamos como meta final y como el objetivo último de nuestras vidas, probablemente el proceso vivirla  y aprender de ella pierde sentido y genera mucha frustración.

Lori Gottlieb, la autora del artículo, empezó a interesarse en el tema cuando empezó a recibir en su consulta adultos jóvenes que reportaban haber tenido excelentes experiencias en su proceso de crecimiento, padres presentes y afectuosos, relaciones positivas con familiares y amigos, buenos trabajos, familias e hijos, pero sin embargo sentir un vacío que no sabían cómo llenar. Podría pensarse que en la mayoría de casos, esos vacíos o la dificultad para conseguir tener una vida satisfactoria, podrían explicarse por haber tenido infancias difíciles o relaciones disfuncionales con los padres. Pero ¿Cómo se entiende en los casos de los adultos “perfectos”? Para mí responde a una búsqueda (que puede ser no muy consciente) de felicidad permanente: felicidad como meta última. Algo que seguramente fue lo que interiorizaron cuando eran niños, cuando en lugar de reconocer un error, éste era traducido en “un buen intento”.

Cuando un niño está expuesto a siempre ser complacido, a siempre recibir halagos sobre los especial y talentoso que es, y a transformar los errores en buenas intenciones, es bastante posible que termine construyendo una visión algo tergiversada sobre sí mismo y que por consiguiente espere que en la vida adulta el mundo (esposo, amigos, jefes, compañeros de trabajo) se comporte de la misma manera con ellos. Me pregunto entonces si al hacer demasiado en nombre de esta tan anhelada felicidad, no se está construyendo por decirlo de alguna manera una autoestima artificial, producto de la aspiración de perfección, que no responde a un proceso sano de crecimiento en donde a través de las experiencias de éxito y reconocimiento de fallas, naturalmente se fortalece el concepto y reconocimiento que se tiene de sí mismo.

La perfección es una expectativa imposible de alcanzar por lo tanto crecer con ella es frustrante pues el mensaje que se obtiene de la vida cuando se intenta buscarla es que nunca se va a ser lo suficientemente bueno.