¿Si usted tuvo experiencias con drogas cuando era joven, las compartiría con su hij@ adolescente?

8560990285_1cf15e4ee2Había estado pensando en sobre qué tema escribir esta semana y para ser franca sentía que estaba corta de ideas. Adicionalmente la noticia de la muerte de Hugo Chaves acaparó totalmente mi atención,  lo cual me distrajo temporalmente de mi propósito. Sin embargo luego de oír lo suficiente sobre el tema, empecé a navegar  en Internet sin ninguna idea concreta en mente y me encontré con un artículo bastante interesante y que a mi modo de ver trata un tema que puede llegar a suscitar diversas opiniones.

El artículo plantea la pregunta de si es positivo que los padres hablen sinceramente con sus hijos acerca de si tuvieron experiencias  con drogas siendo jóvenes. La conclusión de la autora es que al parecer les va mejor a los  que se reservan esta información.  La tesis general es que el intentar que los jóvenes aprendan del pasado “salvaje” (wild) de sus padres,  los puede llevar a sentirse más abiertos y con más permiso de experimentar.

Lindsay Abrams (autora del artículo), comparte como cuando era estudiante de bachillerato, llevaron a su colegio a un conferencista para hablar de su experiencia con su adicción a las drogas. Esta persona, en ese momento ya rehabilitada, habló durante 45 minutos sobre cómo probó y usó la marihuana y el alcohol cuando era adolescente.  Para describir sus experiencias usaba expresiones como  “Fue increíble” o  “Simplemente fue espectacular” haciéndolo ver como algo bastante interesante. Luego  concluyó su charla diciendo lo mal que terminó, cómo se convirtió en una versión muy enferma  de sí mismo y como perdió a su familia y estabilidad.

Cuando estaba leyendo esa parte del artículo me acordé de algunas discusiones que hemos tenido en el colegio donde trabajo, cuando queremos hacer algo a favor de la prevención del consumo de sustancias. Lo único que no queremos que nuestros niños interpreten es que a pesar de consumir drogas cuando se es joven, una vez la persona madura  y se vuelve adulta, puede recuperarse y todo funciona perfectamente.  Probablemente el mensaje que los compañeros de la escritora recibieron en ese momento fue que experimentar con las drogas vale la pena porque al final con un poco de trabajo la persona logra salir adelante y hasta convertirse en un exitoso conferencista que logra cobrar muchos dólares por hora trabajada y viajar por todo el mundo. Hay que pensar muy bien en el mensaje que se comunica sobre todo si estamos hablando de una audiencia adolescente.

Cuando tenemos un adolescente en frente, le estamos hablando a un  cerebro  inmaduro y en proceso de formación. En estos cerebros las áreas que regulan la búsqueda de placer y las sensaciones nuevas están más activas que las zonas del cerebro que se encargan de planear, de razonar y de la toma de perspectiva (las cuales están en proceso de desarrollo). Dicho lo anterior, ¿con qué parte del discurso del conferencista invitado, se identificaría más un joven? ¿Sería igual compartir experiencias con un adolescente de 14 que con un joven de 22?

En el artículo, Lindsay Abrams habla de un estudio de la revista Human Communication Research en el que compararon varios grupos familiares. Allí encontraron que el hecho de que  los padres mantuvieran comunicación abierta con los hijos  en cuanto al tema de las drogas promovía una actitud anti-drogas en ellos. Sin embargo vieron que cuando estas conversaciones incluían referencias a las experiencias de los padres, esta actitud anti-drogas tendía a reducirse. Los investigadores concluyeron que este tipo de confesiones pueden convertirse en mensajes contradictorios que los niños o adolescentes no pueden asimilar.

El tema puede  plantear muchos interrogantes. Creo que en su gran mayoría los padres tienen las mejores intenciones con sus hijos y en muchos casos en los que deciden compartir sus experiencias, lo hacen porque valoran por encima de todo la honestidad y porque creen que sus hijos podrían aprender de sus propias lecciones. No voy a sentar una posición hacia una dirección u otra, ni tampoco pretendo decir que creo que es lo correcto. La reflexión que hago al respecto es que es importante tener en cuenta lo que un niño o joven puede asimilar de acuerdo a la etapa del desarrollo en la que esté.  De ahí en adelante y teniendo en cuenta las lecciones que se le quieren dejar a los hijos,  hay que tomar decisiones y pensar (a veces estratégicamente) en qué canales de comunicación abrir.

¿Y qué tal si pensáramos que el fracaso es parte del éxito?

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No pude pensar en un mejor título para el artículo de esta semana. Tengo que reconocer que es casi una copia idéntica del título de un artículo del New York Times (What if the Secret to Success Is Failure?). Una vez habiéndome confesado empiezo…

En una oportunidad estuve escuchando a mi jefe hablándole a los padres de los niños más pequeños del colegio donde trabajo. Para iniciar la charla les pedía que se imaginaran a su hijo o hija siendo adulto y que voluntariamente  resumieran usando  una o pocas palabras, la cualidad más importante que como ser humano les gustaría que los caracterizara.  Independientes, exitosos, buenos seres humanos (esta me gustó), responsables, respetuosos y felices fueron algunas de las cosas que recuerdo. La charla terminó muy exitosamente y cada quien volvió a sus labores. Yo, me quedé pensando.

No me quedé pensando en esa charla únicamente por lo que los papás compartieron en ese día en específico. Lo uní a otros pensamientos que surgen gracias a mi día a día y a muchas otras reflexiones que comparto con las personas con las que trabajo o que salen de artículos que leo. En especial el “quiero que sean felices” que varios de los papás presentes mencionaron fue lo que mantuvo mi atención y generó posteriores reflexiones.

Que un hijo sea feliz es algo que todos los papás queremos; por ningún motivo quiero transmitir el mensaje de que la felicidad no debería ser una aspiración en la vida de los niños y de los seres humanos en general. Sin embargo también creo que esa aspiración no puede basarse en el anhelo de una felicidad permanente (precisamente hoy encontré una foto en Facebook que decía: si no tienes altibajos en tu vida quiere decir que estas muerto. Aunque Facebook no es una fuente muy  académica, creo que fue una agradable coincidencia).

A veces creo que con las mejores intenciones es esa felicidad permanente la que los padres quisieran para sus hijos y que basados en esta creencia desarrollan sus prácticas de paternidad. Mucho se ha escrito, discutido y debatido recientemente acerca de este tema. Para mi lo cierto es que hay una idea importante en todo esto. No podemos pretender evitarles a los niños experimentar la sensación de frustración. Si pensamos en contextos en donde los padres pretenden salvarlos de esta vivencia, la frustración se vuelve casi un privilegio, una necesidad para un sano desarrollo emocional de las personas.

Dominic Randolph es el director de uno de los colegios privados más prestigiosos de la ciudad de Nueva York. Además de los resultados académicos ha encontrado que no solo las habilidades académicas hacen parte del éxito de sus exalumnos. En una entrevista que el New York Times le hizo, habla de cómo se ha empeñado en estudiar e implementar maneras de formar competencias afectivas sanas en sus estudiantes.  Una de las conclusiones a las que llega en el artículo es que  en muchos de los colegios académicamente exigentes, existen carencias  importantes en los alumnos. Se refiere a la capacidad de luchar en medio de las crisis, de aceptar y convivir con las propias fallas y la disposición de trabajar en superar los obstáculos. Leer artículos como este solo me lleva a pensar en lo fantástico que sería que nuestros líderes en educación le pusieran especial atención a estos temas.

Creo que cuando Randolph habla de lo anterior se refiere a la capacidad que un ser humano debe desarrollar para tolerar la frustración. La frustración no es algo que se experimenta cuando se es adulto y lo “suficientemente maduro” para vivirla.  No podemos preparar a los niños para que enfrenten frustraciones mayores en la vida sin antes llevarlos de la mano para enfrentar las que cada etapa del desarrollo trae.  La frustración no puede esperar a la adultez, se tiene que vivir cuando no se entrega una tarea y la profesora pone una consecuencia, cuando se comete un error y se deja de recibir un privilegio o cuando se obtiene un resultado que no se esperaba. Cuando se intenta proteger a los niños y jóvenes de cualquier sentimiento incómodo que pueda conllevar un fracaso, estamos mandando mensajes equivocados sobre la vida. Cuando los salvadores ya no puedan ejercer más su rol el sentimiento puede ser tan abrumador, que puede hacer que la felicidad tan anhelada por estos parezca algo inalcanzable y pierda sentido.

No quiero decir que hay que crear situaciones de frustración como parte de las prácticas de crianza, ni tampoco que no se deben reconocer los logros de los hijos pensando en prepararlos para el mundo. Lo que si definitivamente quisiera decir es que por ningún motivo hay que salvarlos de dichas situaciones; hay que acompañarlos a levantarse luego de que se caen y ayudarlos a aprender de la caída.

¿Qué tan impactado está siendo mi hijo por la tecnología?

Hace poco tuve que responder a una entrevista en la que me preguntaban por  la adicción a la tecnología. El tema es bastante interesante y pertinente y por esto quise aprovechar algunas reflexiones que hice al respecto para compartirlas esta semana. Mi objetivo no es hablar sobre la adicción a la tecnología como tema general sino enfocarme más específicamente en el impacto que a nivel psicológico puede tener cierto uso de ésta en niños y adolescentes.

     La tecnología es parte fundamental de la vida de los niños y jóvenes y no creo que haya que satanizarla. Hoy en día significa facilidad en cuanto a las comunicaciones, múltiples opciones de aprendizaje, infinitas posibilidades  para conectarse con un mundo globalizado y un sin número de recursos innovadores. Si se hace un uso inadecuado de ella, también puede significar un riesgo de acceder a información inapropiada, la posibilidad de ver o leer sobre temas que en lugar de aportar pueden dañar, un tiempo de ocio mal administrado y en algunos casos la creación de una especie de realidad  “paralela” que podría entorpecer un sano desarrollo social y emocional. Dicho lo anterior considero que este debe ser un tema que debe incluirse dentro de las prácticas de paternidad actuales con el fin de que los hijos hagan un uso apropiado de ella.

     Cuando no se administra el tiempo de ocio adecuadamente es fácil que los niños  recurran a este tipo de entretenimiento para pasar el tiempo libre sin hacer mucho esfuerzo. Si esto ocurre los hábitos de estudio pueden verse afectados y por lo tanto también los procesos de aprendizaje. Las anteriores son cosas importantes que los padres deberían entrar a regular y monitorear; no obstante es el tema emocional y social el que más me llama la atención.

      Los diferentes medios que nos ofrece la tecnología nos han permitido acceder a maneras de conectarnos con otros seres humanos de maneras muy diferentes a las usadas anteriormente. Los adultos aprendimos las viejas maneras y nos adaptamos a las nuevas (aunque algunos borraron por completo las formas tradicionales de comunicarse con otras personas), pero los niños y jóvenes necesitan orientación en cuanto a cómo conectarse con otros seres humanos con un contacto que no sea virtual.

      No es infrecuente ver como a través de la tecnología, los adolescentes pueden asumir roles que no corresponden con su identidad, cómo en muchos casos pueden encontrar que se sienten más fuertes que los demás y se hacen daño (“cyberbullying”) y cómo adoptan formas bastante inadecuadas de resolver conflictos. Un ejemplo clarísimo de lo anterior son los escritos en forma de chat que tienen la longitud de ensayos, en los que se escriben expresando (por lo general de manera muy impulsiva) lo que piensan y sienten y que además comparten con el resto de sus amigos, por lo cual la conversación que en teoría era privada termina siendo motivo de opinión de varios y fuente de múltiples malinterpretaciones. La pregunta que muchas veces les hago cuando presencio estas escenas,  es si podrían expresarse de la misma manera teniendo a la contraparte cara a cara y por lo general la respuesta es negativa.  Otro ejemplo de un uso bastante inadecuado de la tecnología es el famoso llamado “sexting” (el compartir imágenes íntimas que en la mayoría de los casos son divulgadas masivamente por la Web) del cual se ha hablado recientemente en algunos medios.

      En un párrafo anterior decía que considero que el uso sano de la tecnología debe ser un elemento más a tener en cuenta por los padres hoy en día. Tal vez las lecciones son las mismas que se enseñaban anteriormente pero ahora adicionando esta variable. Si habláramos de conversaciones que tener con los hijos a medida que el día a día nos va mostrando oportunidades par hacerlo, podría pensar en las siguientes. Cómo desarrollar habilidades de comunicación efectivas y apropiadas que les permitan establecer y mantener relaciones, así como solucionar conflictos con otros, sin sentir la necesidad de tener un medio electrónico para sentirse empoderado para hacerlo. Otra importante, sería cómo entender el valor de la privacidad y el respeto por la intimidad, y por último cómo nunca subestimar el gran poder de hacer y hacerse daño que tiene la tecnología si se le da permiso.

     Sherry Turkle es psicóloga clínica y profesora de Estudios Sociales de Ciencia y Tecnologia en MIT y se ha dedicado a estudiar este tema. En uno de sus artículos de opinión en el New York Times (Abril de 2011) dice lo siguiente. “Vivimos en un universo tecnológico en el cual siempre nos estamos comunicando. Sin embargo hemos sacrificado la conversación por una básica conexión”.  Dice que la tecnología ha cambiado la manera como los seres humanos se relacionan unos con otros y la forma como construyen su propia identidad y que nos ha llevado a esperar cada vez menos de las relaciones humanas.

Tal vez nos ha hecho olvidar de que la naturaleza de estas relaciones es la complejidad  y que no hay una manera más fácil de vivirlas (tal cómo parece hacerlo ver la tecnología). Creo entonces que es necesario rescatar todos estos aspectos con los niños y jóvenes y ayudarles a ver las inmensas ventajas que traen los medios tecnológicos, pero también cómo estos pueden empobrecer nuestras posibilidades de realmente vincularnos con otros.

Siempre hay dos maneras de ver las cosas

Es muy común oír apreciaciones negativas de las personas en relación con la
adolescencia. Es casi esperado que cuando se hable de un adolescente alguien
diga “pobres papás” o “que jartera tener que atravesar por eso”. Los que ya son
papás de niños chiquitos piensan o dicen “como será cuando me toque a mi”.
Cuando le cuento a alguien a lo que me dedico (trabajo con adolescentes en un
colegio), el comentario generalizado es… ¨duro no?¨ y la pregunta a continuación es
“¿tienen muchos problemas?”. Pensar en la adolescencia para muchos es sinónimo
de preocupación y temor.

Si pienso en qué tantos problemas pueden haber en la adolescencia,
es cierto, si pueden haber varios. Sin embargo en lugar de pensar en algunos de ellos como
problemas, a veces me gusta pensar en estos como tareas. Así como un bebé debe
aprender a caminar, un adolescente debe aprender a ser independiente, a definirse
con mayor claridad, a manejar el mundo social de mejor manera etc.

Pensar en la adolescencia como una etapa en la que hay que cumplir
ciertas tareas me lleva a preguntarme si no habrá una forma menos dramática
y más natural de ver esta etapa de la vida. Un artículo de National Geographic
terminó por reforzar esta idea. El artículo se llama “Beautiful Brains”. En este,
el autor (David Dobbs) habla sobre una tendencia entre algunos expertos,
de abordar la adolescencia desde una perspectiva evolutiva. Dentro de esta
mirada, características típicas de la adolescencia tales como una propensión a
buscar el riesgo, la búsqueda de sensaciones y el dar preferencia a los pares, son
mirados como comportamientos adaptativos y necesarios para cumplir la tarea
fundamental que implica el convertirse en adultos: salir exitosamente del núcleo
familiar a enfrentarse con el mundo de manera independiente.

Pensando en lo que dice el artículo y haciendo muchas reflexiones que
me ha dejado mi trabajo, he llegado a una conclusión. Creo que muchas veces los
padres  consciente o inconscientemente llegan a la adolescencia de sus hijos con
el deseo o idea de que ojalá no cometan errores. Sin querer decir que creo que es
necesario desear que los hijos cometan errores, pienso que una aproximación un
poco más tranquila (y que puede quitar un peso de encima de los hombros) es
pensar que necesariamente los adolescentes van a cometerlos.

Hablando de errores también se habla de riesgos. No seria justo decir
que los padres no deberían preocuparse por los riesgos a los que se pueden
ver expuestos su hijos. Se ha dicho muchas veces que en esta etapa de la vida
los riesgos no se miden o no se ven. En este artículo que mencioné dicen que
al contrario de no ver los riesgos lo que ocurre es que las recompensas son
sobrevaloradas. Sea lo que sea la aproximación al riesgo es mayor.
Por lo anterior educar e informar para que tomen las mejores decisiones
posibles debe venir primero. Sin embargo esto no exime a los adolescentes de
en algún momento de sus vidas no hacerlo. ¿Donde está el valor del error? En
el acompañamiento de los papás hagan a sus hijos. En las reflexiones que de
esos errores salgan y obviamente en la expectativa de que la próxima vez que se
enfrente con una situación similar, la decisión sea un poco más acertada.

Reitero la importancia del acompañamiento. El acompañamiento no puede
aparecer por el temor de que el hijo o hija haga algo peligroso y debe empezar a
construirse en desde el inicio de la vida del niño. Así como se le da la mano a un
bebé para arrancar a caminar es importante darle la mano al adolescente para
hacer estas transiciones.

El aprender a caminar es una tarea natural y esperada.
Podríamos ver la adolescencia también como una transición natural e intentar ver
como algo fascinante, el poder ser testigo del paso de nuestros hijos, de ser niños a
buenos seres humanos adultos.