¿Quién soy?

Mi nombre es Mariángela Rodriguez Badel y tengo 36 años. Estoy casada y soy mamá de dos niños de  seis y tres años. Soy colombiana y vivo en  Ciudad de México hace aproximádamente 3 años.  Soy psicóloga de la Universidad de los Andes y especialista en Terapia Sistémica. Así mismo tengo una Certificación en Psicología Positiva por el Wholebeing Institute y estudios en Coaching de Psicología Positiva por el mismo instituto.   Tengo experiencia trabajando con  adolescentes y adultos.

La Psicología Positiva es el estudio científico  y riguroso de la felicidad. Uno de sus principales objetivos es poner al servicio de las personas,  el conocimiento que surge de las investigaciones para que éste pueda ser puesto en práctica con el propósito de vivir vidas más plenas y satisfactorias.

Creo que en diferentes etapas de nuestras vidas y desde el área en que nos movamos nos podemos beneficiar de este conocimiento y sus prácticas. No se trata de tener vidas perfectas ni de ser más felices solo por el hecho de sentir más alegría o placer, sino porque al trabajar en este camino, empezamos a vivir vidas más conscientes y por lo tanto a desarrollarnos no solo a favor nuestro, sino también teniendo un impacto más positivo sobre quienes nos rodean.

 

¿Cómo puedo ayudar?

1. Sesiones individuales: Como se dice popularmente, cada persona es un mundo. En estas sesiones lo que busco es conocer y entender un poquito de cada uno de esos mundos. Desde una posición de apertura trabajo con los miedos, aspiraciones, metas, deseos y confusiones de cada cliente  y uso la psicología positiva para acompañarlos en su trabajo personal hacia el propósito de vivir vidas más satisfactorias. Uso el conocimiento que los estudios sobre la felicidad ofrecen para acercarlo a quienes lo quieren utilizar a su favor. Las sesiones tienen una duración de aproximadamente 50 minutos. La primera sesión no tiene costo.

2. Sesiones grupales o talleres: De acuerdo con las necesidades del grupo, planeo y diseño talleres en los cuales comparto nociones importantes sobre lo que la ciencia y expertos dicen en relación con la felicidad y el bienestar en los seres humanos.

 

La felicidad y sus mitos

La Psicología Positiva es la ciencia que estudia la felicidad y el bienestar en los seres humanos. Desde este campo de la psicología, la felicidad no se ve como una ilusión o aspiración, ni como un concepto romántico o utópico. Por el contrario, se ve como un derecho fundamental y como un concepto serio que es digno de estudio científico.

La idea de felicidad en la vida de los seres humanos ha sido trascendental en todas las civilizaciones. A lo largo de la historia pensadores, filósofos y personas del común se han preguntado sobre la felicidad. Es algo que todos, independientemente de la cultura a la que pertenezcamos, queremos. Existen múltiples definiciones o interpretaciones al respecto; mucho de lo que entendemos acerca de ella ha estado alimentado por creencias que se han construido y desarrollado en nuestras sociedades. Algunas de estas creencias se han consolidado como mitos que nos han llevado a interpretaciones equivocadas sobre lo que significa ser felices. En este artículo voy a enumerar algunos de los principales mitos que prevalecen y cuáles son algunas ideas que nos pueden ayudar a desafiarlos.

Mito # 1

LA FELICIDAD DEBE SER ENCONTRADA EN ALGUN LUGAR: tendemos a creer que la felicidad sí existe pero en un “lugar” lejano que eventualmente encontraremos. Un estado ideal que debemos perseguir. Estamos esperando que una u otra cosa pase para por fin ser felices: “hoy no, algún día”.

Desafiando el mito: Según la investigadora Sonja Lyubomirsky, si no somos felices hoy, no vamos a ser felices mañana a menos de que decidamos tomar acciones para construir esa felicidad. Según esta investigadora una parte considerable de nuestra felicidad depende de acciones intencionales en función de construirla. No es algo que esté afuera de nosotros esperando ser encontrado, sino que se trata más bien de un estado mental, de la manera como percibimos y nos aproximamos al mundo en el que vivimos.

En otras palabras se trata de una construcción activa y personal dadas las circunstancias que tenemos hoy, a pesar de que no sean “perfectas o ideales”. Se trata de una felicidad más aterrizada si se quiere y de una felicidad específica a cada uno de nosotros.

Mito # 2

LA FELICIDAD ESTA EN CAMBIAR NUESTRAS CIRCUNSTANCIAS: Otro mito común es que si logramos cambiar las circunstancias de nuestra vida actual, vamos a poder ser felices. Nos decimos a nosotros mismos: seré feliz si… o seré feliz cuando…(pierda 10 kilos, encuentre un mejor trabajo, me cambie de departamento, me case, me divorcie, tenga este coche, etc.).

Creemos que las circunstancias de la vida tienen un peso enorme sobre qué tan felices o no somos.

Desafiando el mito:

De acuerdo con Sonja Lyubomirsky circunstancias tales como nuestro género, edad, raza y lugar de origen, o los eventos significativos que han moldeado nuestra vida como circunstancias familiares, accidentes, que tan populares o no fuimos ten la escuela etc., o las circunstancias importantes actuales de la adultez tales como nuestro estado civil, ocupación o nivel de ingresos, sí tienen algo de influencia sobre nuestro nivel de felicidad; sin embargo, aunque nos cueste trabajo creerlo no tienen la importancia que creemos.No se trata tanto de lo que tengas o logres, sino de cómo experimentas eso que tienes y el camino que recorres para llegar a esas metas.

Mito # 3

LA TIENES O NO LA TIENES: Este mito nos hace pensar que hay personas con “suerte” que nacen y son felices por siempre, y hay otras que no lo son nunca. Si tenemos una herencia genética que nos favorece, estamos “salvados”, pero si corremos con otra suerte estamos en problemas. Este mito tiene que ver con una idea rígida de la felicidad, sobre la cual no tenemos ningún control.

Desafiando el mito: Los expertos en el tema afirman que es imposible negar la fuerza de los genes. Es cierto que dentro del continuo de la felicidad, algunos nos ubicamos hacia el lado más cercano a la felicidad y otros hacia el extremo más cercano a la tristeza. Sin embargo, la ciencia y las investigaciones, cada vez más demuestran que a pesar de tener una predisposición genética innegable, no quiere decir que no tengamos ningún tipo de control; la genética explica un porcentaje de nuestra felicidad, pero no el 100%. En términos generales lo que la Psicología Positiva afirma es que tenemos la posibilidad de construir hábitos de conducta y pensamiento que nos lleven a experimentar mayores niveles de bienestar.

Mito #4

LA FELICIDAD IMPLICA VIVIR EN UN ESTADO DE EUFORIA PERMANENTE: Según esta creencia o mito, la felicidad debe ser perfecta. El ser felices no admite vivir tristezas, crisis o fracasos. Si somos felices no podemos experimentar sentimientos negativos y si así es quiere decir que nos falta mucho para llegar a ese estado ideal.

Desafiando el mito: Desde la óptica de la Psicología Positiva la felicidad es más que un estado ideal y perfecto. Implica el entendimiento de que la vida es compleja y que tanto las experiencias y emociones positivas como las negativas hacen parte importante de la misma; que la vida es una trayectoria con altos y bajos y que podemos elegir de qué manera vivirlos. Desde esta mirada tanto las crisis como las experiencias positivas se pueden vivir con plenitud y conciencia o con completa inconsciencia. En otras palabras y citando a Steve Maraboli, “La felicidad no es la ausencia de problemas, es la habilidad de ocuparse de ellos”.

¿Qué mitos se te están interponiendo, hacia una construcción de una mayor felicidad hoy? ¿Con cuál o cuáles de ellos te identificas? Si logras desafiarlos muy posiblemente podrás trabajar de manera más consciente en las maneras cómo construyes tu felicidad hoy.

 

¿Es esto para ti?

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Si quieres saber un poco más contáctame: email: mariangelabadel@gmail.com

Teléfono: 01 55 3891 0710

Cuando ser mamá te anula

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Cortesía de www.freedigitalphotos

 

Cuando una mujer  empieza a pensar en la posibilidad de ser mamá, muchas cosas pueden pasar.  Es posible que unas se lancen sin pensarlo mucho y otras le den seria consideración por meses e incluso años.  Es posible también que unas experimenten el proceso con extremo miedo,  con ilusión pura o con una mezcla intermitente de ambos.

En mi caso, empecé a filtrar las conversaciones relacionadas con este tema, de una manera diferente. En un principio, solo llegaban a mis oídos comentarios o conversaciones, llamémoslas de tipo A, que sonaban algo así como “aprovecha antes de tener hijos porque después la cosa ya cambia mucho” o “ya con niños todo es complicado” (acompañadas de un tono melancólico). Por obvias razones éstas no ayudaban en mi decisión.  Luego, no se si por causalidad o porque inconscientemente las buscaba, las conversaciones que empecé a oír, llamémoslas de tipo B, eran totalmente diferentes. Resaltaban la cantidad de sentimientos que el ser mamá puede despertar y lo transformador que es esto para la vida de alguien; en general el mensaje siempre era que a pesar de lo duro que puede llegar a ser a veces, la experiencia es tan maravillosa que no hay palabras que la puedan explicar. Frente a  los dos escenarios entendí que como todo en la vida se trata de decidir cómo asumir las situaciones. Decidí también que el día que tuviera hijos, mis conversaciones y apreciaciones del proceso iban a ser sinceras pero definitivamente de tipo B.

Quise escribir sobre esto porque hace poco una amiga me comentó cómo en una reunión familiar, una mujer  al hablar de su experiencia sobre ser mamá dijo algo como “cuando eres mamá te anulas”.  La palabra anular significa desaparecer, incapacitar, perder validez. No se si ella lo decía pensando en lo que realmente significa pero sé que hay muchas mujeres que se sienten si no totalmente, muy identificadas con la idea de haberse anulado una vez fueron mamás.

Ser mamá transforma a alguien en lo más profundo de su esencia. Cómo suele decir una amiga “lo que se despierta es animal”. El cerebro se modifica (hay estudios con experimentación con otros mamíferos que así lo muestran).  Los sentimientos se vuelven intensos, no te explicas como puedes hacer tantas cosas en el día y de donde sacas tanta energía. Sin lugar a dudas estas transformaciones son enormes y  en muchas ocasiones pueden verse como limitaciones en algunos aspectos. Las 24 horas del día ya no son suficientes y la lista de dichas “limitaciones” podría ser bien extensa. Creo que es normal a veces sentirse  cansada y está bien darse el permiso de estarlo. Sin embargo es importante tener muy claro cual es el sentido último de ser mamá  y basarse en este para hacer de la crianza un proceso sano para todos.

Muy posiblemente en generaciones de madres anteriores, se asumía que cuando se tenía hijos, la mamá literalmente quedaba en un segundo plano. Que antes que ser mujer, se era mamá y que no había nada que hacer al respecto. Creo que las épocas han cambiado y que el mundo nos está permitiendo ser mamás exitosas sin tener que sacrificar nuestra identidad como mujeres, (cualquiera que esta sea). Al leer esto se podría pensar que estoy refiriéndome a las posibilidades que ahora existen para las mujeres en el mundo profesional pero ese no es exclusivamente mi punto. La decisión de ser mamá trabajadora es personal. Lo que quiero decir es que independientemente de que una mujer salga a trabajar o se quede en su casa porque quiere cuidar de sus hijos, no hay ninguna excusa para asumir que por ese hecho su identidad de mujer necesariamente se debe perder o para usar la palabra de la persona (a quien no conozco) que inspiró este artículo, anular.

Como mencionaba al principio del artículo, la mayoría de cosas en la vida implican tomar una decisión que para mí, en el caso de la maternidad, consiste en básicamente escoger entre anularse o reinventarse. Aunque la realidad cada vez se vuelve más compleja y el mundo demanda demasiado de las mujeres hoy en día, si se decide ser mamá (o por diferentes circunstancias no lo decidió pero lo es) es importante que también se decida si esa experiencia que definitivamente trae nuevos retos, le suma a su identidad y a su carácter o si por el contrario se queda en el lamento de cómo era su vida de tranquila cuando no era tan “complicada”. Sin importar las circunstancias que una mujer tenga que enfrentar, la decisión está en empoderarse o esconderse.

 

Por: Mariangela Rodriguez

mariangelabadel@gmail.com

@mariangelabadel

 

 

¿Se acuerda de la edad de su hij@?

Cortesía de www.freedigitalphotos.net

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Siempre he sido una fiel defensora de la necesidad de educar niños con límites, que acepten un no por respuesta, que respeten las figuras de autoridad y que fracasen y aprendan de ello.  El artículo que publico hoy no se opone a lo anterior pero explora la otra orilla a la que a veces podemos llegar en función de buscar educar bajo los anteriores parámetros.

Mi hijo de un año y medio tiene una personalidad y un carácter más definido, es capaz de manifestar que se opone a una de mis ordenes, y para ser sincera en varias ocasiones me toma algunos (o muchos)  minutos que me obedezca, (para ser aún más sincera a veces ni siquiera lo hace). Lo anterior no tiene nada de raro; hace parte del desarrollo normal de los niños. La reflexión que creo vale la pena hacer es mi reacción frente a estos nuevas manifestaciones de su parte (las cuales estoy segura muchos de los que están leyendo, pueden decir que alguna vez han compartido). Básicamente en algunos momentos sin saberlo busco que responda como un niño de cuatro años y no como uno de 18 meses. Cuando esto pasa su comportamiento me genera frustración y una sensación de no estar haciendo las cosas bien y en consecuencia esto me lleva a actuar de una manera que tampoco me deja muy contenta.

Las expectativas que tenemos sobre otras personas en gran parte guían nuestra actitud y comportamiento frente a ellos. El tener altas expectativas sobre un hijo o un alumno puede ser algo positivo ya que éstas pueden constituirse como un factor mediador en la relación logrando que el otro explote al máximo su potencial. Sin embargo, una cosa es tener expectativas altas y otra es esperar que respondan a exigencias que no corresponden con lo que de acuerdo a su desarrollo es coherente. ¿Cómo funcionan nuestras expectativas con nuestros hijos o alumnos? ¿Están basadas en lo que por su desarrollo se puede esperar de ellos? O por el contrario ¿queremos verlos como pequeños adultos?

Buscando otras opiniones me encontré con un artículo de un blog que me pareció  tiene un punto muy interesante(http://abundantlifechildren.com/2012/05/08/through-their-eyes-keeping-our-expectations-developmentally-appropriate/). Habla del efecto que puede tener sobre los adultos el atribuir motivaciones negativas a los comportamientos de los niños. Un ejemplo es pensar que un bebé de 9 meses bota la cuchara al piso de manera repetitiva porque quiere indisponer a la mamá, o asumir que un niño de dos años que no obedece cuando se le dice que no toque el computador, está necesariamente actuando de manera desafiante y mal intencionada.  Como la autora del escrito plantea, hacer este tipo de atribuciones es sobrestimar el desarrollo emocional de un niño y por consiguiente esperar más de su comportamiento de lo que realmente puede dar. Así mismo es ponerse en una posición de sentirse desafiado o irrespetado y por ende actuar en consecuencia (usualmente castigando o haciendo algo para demostrar que somos autoridad). Si alguien que tiene hijos un poco mayores lee esto podría pensar que lo que he dicho solo aplica para niños muy pequeños; no obstante, pienso que es una reflexión que vale la pena hacer con niños en diferentes etapas. Con adolescentes  es común ver como  se les ponen expectativas inadecuadas cuando por ejemplo hay un divorcio y se espera que el o ella sea el “mensajero” entre papá y mamá tarea para la cual claramente no está preparado.

Cada etapa de la vida de un niño o adolescente va marcando hitos o escalones que a medida que pasa el tiempo este debe estar en capacidad de lograr. En ese sentido el reto de un padre (que normalmente no tiene formación sobre temas de desarrollo) está en reflexionar sobre que tan coherentes son sus expectativas con el momento del desarrollo en las que esté el niño. Creo que muchas cometemos errores cuando sin querer, vemos a los niños y adolescentes a través de nuestros lentes de adultos y no a través de los de ellos. ¿Podría hablarse entonces de desarrollar una mayor empatía o capacidad de tomar perspectiva frente a los niños y adolescentes sin olvidarse de la estructura y los límites?

Desde que soy mamá he encontrado que una de las cosas fascinantes de serlo es que en el proceso se “reaprende” o se recuerda lo que significa ver el mundo siendo niño. Por eso mi invitación hoy es a que se enmarquen los límites y las consecuencias que se asignan por su comportamiento, dentro de un marco de referencia que tenga en cuenta lo que cada niño puede dar. Que no se espere más de ellos ni menos (porque esto también es contraproducente) y que por encima de todo se disfrute el proceso de redescubrir cómo es que ellos entienden y asimilan el mundo que les tocó vivir así como lo que producen a partir de esas comprensiones, antes de que se conviertan en adultos y vean el mundo con nuestros mismos lentes.  

 

Por Mariangela Rodriguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

@mariangelabadel

 

 

Tributo a la lentitud

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Este post empezó a desarrollarse  aproximadamente dos meses atrás, aunque en ese momento yo no lo sabía. Decidí sobre el tema hace unos días cuando me puse a reflexionar sobre los meses pasados. El tema es el siguiente.  Por mi trabajo tengo el privilegio de poder contar con muchas vacaciones (vacaciones de colegio).  Era mediados de junio cuando finalmente iba a poder (pensaba yo) dedicarme con calma a mi hijo, disfrutar del tiempo y de no tener que cumplir un horario, hacer “vueltas” que nunca hago etc. Aún si mi propósito era desacelerar mi ritmo, duré poco en darme cuenta que seguía pasando los días como si el tiempo se me fuera a acabar. Por alguna razón me encontraba dándole comida a mi hijo con afán, vistiéndolo con prisa y en general sintiendo que tenía que hacer todo rápido; como si tuviera siempre que pasar a la siguiente actividad del día sin realmente vivir la que estuviera ocurriendo en un momento determinado. Cuando logré ir más despacio volví a trabajar.

Dos meses después estoy reflexionando sobre lo anterior porque creo no se necesita estar de vacaciones para darse cuenta que el “modo rápido” perjudica en muchos aspectos nuestro día a día. El mundo en el que vivimos se mueve a mil por hora, las necesidades tienen que ser satisfechas inmediatamente, siempre hay una agenda muy apretada y el medio nos exige respuestas inmediatas. Un periodista que se llama Carl Honoré, a quien tuve la oportunidad de ver en una charla aquí en Bogotá, tiene posturas supremamente interesantes sobre este tema (aunque está en inglés, recomiendo la siguiente charla en TED Talk en donde expone muchos de ellos  http://www.youtube.com/watch?v=npRXazR1LtU).

Básicamente Honoré plantea que al contrario de la tendencia actual, es necesario generar una conciencia individual en cuanto a qué ritmo estamos viviendo. Asegura que generando tal conciencia y haciendo esfuerzos para detenernos a realmente experimentar y vivenciar con más calma los momentos y experiencias que se nos atraviesen, la calidad de nuestra vida va a aumentar; la manera como trabajamos y el tipo de relaciones que construimos van a ser más ricas. Una de las frases que Honoré menciona en el video y que podría resumir en parte su punto podría traducirse de la siguiente manera: Estamos apresurándonos por la vida en lugar de realmente vivirla (We are hurrying through our lives instead of actually living them).

Como no hay que llevar nada a los extremos también creo que en el mundo de hoy, el responder rápido a ciertas cosas, es una habilidad necesaria. Sin embargo si estoy de acuerdo con que detenerse y no dejarse llevar ciegamente por un ritmo acelerado sin sentido, con el fin de aprender a encontrar un balance en los propios ritmos, también debe ser una habilidad ( pensemos que porque “todo el mundo” lo hace, no necesariamente está bien). Es necesario usar el criterio propio. ¿Porqué aceptar sin cuestionar la dinámica que se ha generado en muchos contextos, en donde el más ocupado, el que más tarde sale del trabajo o el que menos tiempo tiene es el más exitoso? ¿Podríamos hablar de un lento bueno y un lento malo? A propósito de lo anterior también recomiendo este artículo del New York Times (http://opinionator.blogs.nytimes.com/2012/06/30/the-busy-trap/?emc=eta1&_r=0 ) en donde la persona que lo escribe dice que la necesidad de estar siempre ocupados se debe en parte a no querer parar porque de lo contrario tendríamos que pensar en muchas cosas de fondo sobre el sentido nuestras vidas, lo cual en muchos casos y para muchas personas no sería conveniente.

Carl Honoré dice que en el fondo del asunto está la concepción occidental que se tiene del tiempo, la cual es lineal (versus una concepción cíclica propia de otras culturas) en donde se piensa que éste es limitado, se puede agotar y por lo tanto hay que sacarle el mayor provecho. Al oír lo anterior pensaba que  al querer sacarle mayor provecho al tiempo seguramente sí podemos ser más eficientes en muchos momentos pero en otros, esto puede jugar en contra nuestra. En lugar de estar realmente presentes pareciera que simplemente tacháramos nuestras experiencias  para irlas quitando de nuestros pendientes.

¿Qué tiene que ver esto con la paternidad? Si un papá o mamá logra esa posibilidad de vivir la vida más serenamente va a tener mayor disposición para compartir tiempo con su hijo o hija cada vez que lo tenga.  El pensar en esto de los ritmos puede ser interesante de la siguiente manera. Los niños tienen un ritmo diferente al nuestro. Cuando son pequeños afortunadamente no han entrado en la velocidad en la que la mayoría vivimos (aunque a veces desde muy pequeños nos encargamos de contagiarlos llenándolos de mil actividades). Si lográramos conectarnos con ese ritmo pausado y pudiéramos valorarlo y respetarlo, probablemente los momentos que pasemos con ellos serían mucho más enriquecedores.  Soy consciente de que en muchos momentos esto no es fácil, estamos cansados y queremos que coman rápido para que se acuesten rápido, o simplemente hay momentos en los que no es posible parar. No obstante creo que es un ejercicio muy enriquecedor, el intentar crear una conciencia que nos permita detectar momentos en los que sí nos podemos conectar con su ritmo y así contagiarnos y disfrutar de él. En la charla a la que asistí, Honoré ponía un ejemplo muy sencillo que no se porque razón se me quedó tan fuertemente en mi memoria. El decía que es típico ver (especialmente en las ciudades) cómo cuando un niño se acerca a una flor a tocarla, olerla y observarla, está uno de los padres detrás pidiéndole que se apure y que la suelte ya que se deben ir porque se les hace tarde para algo.

Lo invito a pensar entonces si su modo de base o su modo por naturaleza es el de no parar, el de “apresurarse por la vida sin detenerse a realmente vivirla”. Lo invito también a que a su manera y cuando pueda, intente contagiarse del ritmo de sus hijos, (y si no los tiene a que se conecte con otros ritmos) a parar por un momento y así sea por un corto tiempo al día conectarse con el, dejarse llevar sin pensar en lo que tiene que hacer después. Deje el celular al lado y deje su modo acelerado en stand-by. Intente vivir lo que cada minuto trae. Yo lo estoy tratando de hacer y aunque no es nada fácil, cuando lo logro,  la calidad de mis momentos mejora sustancialmente.

Mariángela Rodríguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

@mariangelabadel

 

¿Cuántas tragedias más se necesitan?

Cortesía de www.freedogotalphotos.net

Cortesía de www.freedogotalphotos.net

Los cambios culturales y sociales toman tiempo.  Se que el hecho de que una sociedad adquiera mayor conciencia sobre algún asunto es una transformación que no es inmediata. Entendiendo lo anterior y sabiendo que hay que darle tiempo al tiempo, había preferido  (no se si de manera ilusa) ser optimista creyendo que sí se ha aumentado la conciencia de las personas en cuanto a lo peligroso que es manejar cuando se ha tomado alcohol. Sin embargo el leer y oír las noticias sobre lo que pasó hace unas semanas con el señor Salamanca y sus víctimas, me ha devuelto a la triste realidad y a pensar que lamentablemente lo que para muchos es inconcebible a estas alturas del partido, para otros aún (por increíble que parezca) no tiene mayor trascendencia.

Una desilusión adicional me he llevado al pensar que el responsable de esta tragedia pertenece a la generación de la cual se esperaría que todos los esfuerzos que se han hecho, hubieran tenido algún efecto. Es una decepción pensar que alguien de 23 años no haya evolucionado en ese sentido. Es inconcebible que cualquier ser humano  independientemente de su edad, tome una decisión como ésta (porque , el manejar con tragos es una decisión muy consciente), pero que una persona de 23 años lo haga resulta para mi aún bastante más frustrante.

Hace días venía pensando en que quería escribir sobre el tema. Tal vez por hacer mi propia catarsis al respecto pero también por reflexionar sobre lo ocurrido. Mis intenciones se encontraron con un artículo (muy recomendado) escrito por Sergio Ocampo Madrid, columnista del diario La República que se titula “Fabio, el niño del Audi que no tuvo la culpa”. Entre otras cosas el artículo hace alusión a como la generación de jóvenes que ronda los 25 años son producto de unas formas de crianza con las cuales se les daba mucho poder y en donde la autoridad cobró otro significado. Ocampo cuenta como una amiga de Fabio Salamanca en una audiencia gritó que lo ocurrido había sido un accidente y que él por lo tanto no tiene la culpa. Según el columnista esto es reflejo de ese pensamiento propio de dicha generación en donde “se quiere pasar rápido la página” y se asume que por ser un accidente Salamanca debe ser exonerado de toda culpa. Grave error.

Siempre me he sentido defensora de las nuevas generaciones, pero creo que vale la pena cuestionarse si esto es algo en lo que hay que trabajar para los niños que vienen.  Es formación de carácter básica, el entender que todo acto tiene una consecuencia que es necesario asumir. Creo también que es fundamental entender que el tener buena intención o el no tener mala intención no siempre funcionan como  un salvavidas. Probablemente Salamanca no tenía la intención de matar a dos personas y dejar en una crítica situación a otra; no obstante sí sabía que al manejar su carro a 140 kilómetros por hora con nivel 3 de alicoramiento lo convertía en un peligro.

¿Así que cuántas tragedias más necesita usted? Si ya tuvo suficientes quiere decir que su conciencia está bastante desarrollada en este sentido. A veces pienso en la propia tragedia que la familia Salamanca debe estar viviendo y no me alegro, lo siento por ellos. Desafortunadamente todos y principalmente Fabio tendrán que asumir la consecuencia de su acción, tal vez haber tenido más presente lo anterior en el momento de tomar las llaves de su carro hubiera evitado que tuviera que pasar por este trágico evento para ojalá haber aprendido una lección.

Personalmente pienso que es necesario ser absolutamente radical con este tema. Los que somos padres y/o tenemos algo que ver con jóvenes y niños tenemos la responsabilidad de seguir trabajando por aumentar ese nivel de conciencia y superar por fin esa práctica que aunque en unas épocas fue usual y “normal”, para mí, en este momento, es sinónimo de una mentalidad arcaica y absurda. Debemos seguir siendo agentes activos de ese cambio social. No queda más sino conservar la esperanza de que con nuestro esfuerzo, las generaciones de niños y jóvenes que están creciendo puedan ser superiores a nosotros en ese y ojalá en muchos otros sentidos.

 

Por Mariángela Rodríguez Badel

@mariangelabadel

mariangelabadel@gmail.com

 

 

 

 

¿Se siente cansad@ de ser mamá o papá?

Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Cada niño es un mundo y por eso cada proceso de crianza lo es también. Desde que nacen los seres humanos plantean a sus cuidadores retos que varían de acuerdo a las características de cada uno y a diversas circunstancias del contexto. De esta manera los padres “luchamos” diferentes “batallas”. Por ejemplo están las de los niños que cuando son pequeños no comen bien, los que son malgeniados y voluntariosos, los que no duermen o los que hacen pataletas o berrinches.  En la etapa escolar se pueden pelear batallas con los que son retraídos o los hoy en día llamados “bullies”, los que no hacen tareas,  o los indisciplinados. Más adelante vienen las batallas más temidas por muchos; las de los adolescentes que pueden ser temperamentales, rebeldes, e impredecibles. Así mismo puede haber circunstancias (económicas, de pareja, familiares) que le suman a dichas batallas cierta complejidad.

Las anteriores son solo algunas en las que puedo pensar. Sin embargo creo que todas tienen un común denominador. No solo producen cansancio físico (especialmente las que se dan con niños muy pequeños) sino que también desgastan emocionalmente por el tipo de vínculo (único e indescriptible) que se forma con un hijo. Quizás, es esto lo que más fuertemente impacta  a un papá o una mamá ya que de cierta manera sentimos que dichas batallas amenazan el bienestar al que tanto aspiramos para su vida.

En algunos momentos  (o en muchos aunque no nos atrevamos a decirlo) el día a día de la crianza puede lograr que nos sintamos abrumados y sin energía para seguir adelante con la misma intensidad. Puede ser el cansancio de estar agachado tras su hijo que aprendió a caminar y que además se empezó a despertar por las noches con miedo, el de lidiar con sus pataletas, el de llegar a ayudar a hacer tareas luego de un día intenso de trabajo, o el de recoger en una fiesta a las 2:00 a.m. un viernes tras concluir una semana de mucho estrés. Así, esta agitada cotidianidad  del día a día logra desdibujar el sentido o propósito principal de lo que para cada uno es ser papá o mamá.

Si bien ser papás es la misión y responsabilidad mas importante que una persona  puede tener, eso no nos hace de hierro ni nos quita la condición de seres humanos. Por eso es necesario darse permiso de aceptar. Como lo he dicho en otros artículos considero que la aceptación es poderosa. Aceptar que en algunos momentos se siente abrumado, agotado y frustrado no lo hace un mal padre o madre. Permítase  reconocer que hay cosas que no le satisfacen del todo (vale la pena aclarar que aceptar con culpa no ayuda), con hacerlo no le está haciendo mal a nadie, ni siquiera a sus hijos. Un hijo es el mejor regalo que la vida le pudo dar pero también es el reto más grande ya que todo su corazón está involucrado.

Cuando se sienta abrumado pare y recuerde cuál fue la razón por la que decidió tenerlos, ¿cuál era el sentido que para usted tenía ser padre?  Si por diversas circunstancias no logra conectarse con esto, la pregunta puede ser ¿qué es lo que quisiera para la vida de su hijo o hija? ¿cuál es su propósito principal ahora que es papá o mamá? El preguntarse por el sentido ultimo de la educación y la crianza recupera la perspectiva y provee una mirada a largo plazo. Podría decirse que proporciona un norte hacia donde caminar, el cual le permite abstraerse de la cotidianidad y recuperar fuerzas.  No creo que el objetivo de dicho ejercicio sea sentir que sus procesos son perfectos.  Si hay cosas que mejorar, dicha toma de perspectiva refresca y lo puede ayudar a seguir dando lo mejor de sí mismo.

Todo lo que he mencionado me lleva a pensar en lo delgada que puede ser  la línea que separa el disfrutar el hecho de ser papá de perder el placer de serlo. Así como peleamos batallas  con los hijos  también estamos peleando otra simultánea contra el tiempo que pasa rápido y se lleva todas las etapas. Ya que de plano esa es una batalla perdida intentemos “perderla” de la mejor manera posible. Intentemos aprovechar al máximo la experiencia de ser papá o mamá reconociendo las bondades y dificultades del proceso; deteniéndonos cuando sea necesario y respirando profundo para recuperar el norte que a veces suele confundirse con los afanes del mundo moderno.

Por: Mariangela Rodriguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

 

 

 

Una casa de lata

casa terminada

Cortesía de Un Techo para mi país

Ahí estábamos a las 6:45 A.M. de un domingo en el punto de encuentro acordado. Éramos  10 personas e íbamos al encuentro de otras cinco. Nuestro objetivo era construir una casa para ellos ya que en la que vivían no era digna de un ser humano; “casa” no era un nombre preciso para llamarla.  Estábamos liderados por “Un Techo para mi País”(fundación para la que aprovecho hacer la cuña publicitaria ya que hacen una labor impresionante). Esta era la primera vez en la que yo iba a hacer parte de esta experiencia y para ser honesta no concebía cómo íbamos a poder lograr el objetivo de construir una casa con nuestras propias manos para que una familia de Soacha viviera un poco mejor.

Cuando llegamos, el panorama como bien se pueden imaginar, era triste. En mi cabeza solo rondaba una pregunta y era ¿porqué hay personas que nacen tan afortunadas y otras que nacen en la miseria? Mis preguntas no me llevaban a hacer análisis de tipo económico o político sino que no se porqué pensaba en temas un poco más, digamos, metafísicos  y de corte espiritual. Para unos esto podría ser explicado por el karma y para otros puede ser suerte o simplemente el producto de una cadena circunstancias. Nuevamente, no tengo la respuesta y  nunca la tendré con certeza, pero el caso es que así es, esa es una realidad. Mientras pensaba, vivía la experiencia y me dejaba guiar por los voluntarios de “Techo” con el fin de que una familia recuperara algo de esa dignidad que todos merecemos.

Luego de seguir el trabajo que otros voluntarios hicieron durante todo el día del sábado logramos levantar una casa, que aunque no fue terminada ese día ya que el tiempo fue más rápido que nosotros, ya reflejaba algo más de calidad de vida para la familia. Todo el tiempo supe que tenía que escribir sobre esto.

Además de lo que aprendí acerca de pilotes, mediciones, niveles, estructuras y demás, me reencontré con la idea de que el mundo es  mucho más complejo de lo que muchas veces nuestra rutina nos permite recordar. Me reencontré con la idea de que el nuestro (creo que hoy en día la gran mayoría lo son) es un país de contrastes que a veces duelen pero que muy frecuentemente son ignorados. Necesariamente tuve que conectar todo esto con los temas de mi blog. ¿Cómo?

Si usted está leyendo esto, probablemente es un privilegiado en la vida. Probablemente tiene un techo, educación, un trabajo, posibilidades de entretenimiento etc. Por lo tanto si tiene hijos o si los planea tener, ellos también lo son o lo serán (y no estoy hablando de riqueza).  ¿Qué tanto cree usted que dentro de la formación que les de, de manera intencional, usted debe hacer esfuerzos para que ellos conozcan esta realidad y tomen conciencia de ella? Yo por lo menos me reconecté con este idea luego de mi último  domingo.

Yo se que son muchas cosas las que como papás y mamás debemos tener en cuenta en el proceso de formación de los hijos, pero creo que en un mundo como el nuestro, el no generar conciencia en las nuevas generaciones sobre la realidad mencionada anteriormente, es irresponsable. Como decía en un párrafo anterior, a veces nuestra rutina  nos consume y nuestras propias burbujas y luchas personales no nos permiten tenerlo tan presente.

Además del impacto que un ser humano puede tener sobre otro que se vea beneficiado de su generosidad, creo que el poder enseñarle la importancia de esto a los niños y jóvenes forma carácter, enseña empatía, sensibilidad y ofrece perspectiva. Claramente no creo que el nacer privilegiado y tener comodidades sea malo. Pienso que las oportunidades hay que aprovecharlas y que el ser agradecido siempre es algo poderoso. Sin embargo sí opino que si somos tan afortunados de ser parte de ese lado de la realidad, algo de todo eso (no necesariamente material) deberíamos compartir con otros que no corrieron con la misma suerte.

Cuando hablo de compartir no pienso en enseñarles a los niños y jóvenes que ser solidario es tener lástima por los que están necesitados o que lo único que debemos hacer es regalar los juguetes y la ropa que no les gusta; creo que en lugar de lástima la palabra es compasión. Puede ser caridad, pero ojala todos  fuéramos más allá. Me acuerdo mucho de unas palabras que oí de Catalina Escobar (la colombiana nominada a “Héroes” de CNN). En una charla a la que asistí hacía mucho énfasis en que cuando se trabaje por los más necesitados  hay  que pensar en grande. Si mal no recuerdo decía: “para los pobres lo mejor”. Ojala de vez en cuando, pudiéramos encontrar maneras con las que junto a nuestros hijos demos algo de nosotros que pueda ser trascendental para la vida de otros.

Creo que hay que empezar por uno mismo; por ver el valor que esto tiene. Esta pequeña experiencia para mí fue una invitación para seguir pensando en otras posibilidades de este tipo, así como un llamado a tener siempre presente en la educación de mi hijo este aspecto. Los invito también a ustedes a que lo piensen y si creen que vale la pena lo tengan en su radar

Por cierto… si alguna de las empresas donde trabajan o ustedes mismos quieren unirse e invertir una plata en una buena causa tengan en cuenta esta fundación. http://www.techo.org/colombia/