Tributo a la lentitud

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Este post empezó a desarrollarse  aproximadamente dos meses atrás, aunque en ese momento yo no lo sabía. Decidí sobre el tema hace unos días cuando me puse a reflexionar sobre los meses pasados. El tema es el siguiente.  Por mi trabajo tengo el privilegio de poder contar con muchas vacaciones (vacaciones de colegio).  Era mediados de junio cuando finalmente iba a poder (pensaba yo) dedicarme con calma a mi hijo, disfrutar del tiempo y de no tener que cumplir un horario, hacer “vueltas” que nunca hago etc. Aún si mi propósito era desacelerar mi ritmo, duré poco en darme cuenta que seguía pasando los días como si el tiempo se me fuera a acabar. Por alguna razón me encontraba dándole comida a mi hijo con afán, vistiéndolo con prisa y en general sintiendo que tenía que hacer todo rápido; como si tuviera siempre que pasar a la siguiente actividad del día sin realmente vivir la que estuviera ocurriendo en un momento determinado. Cuando logré ir más despacio volví a trabajar.

Dos meses después estoy reflexionando sobre lo anterior porque creo no se necesita estar de vacaciones para darse cuenta que el “modo rápido” perjudica en muchos aspectos nuestro día a día. El mundo en el que vivimos se mueve a mil por hora, las necesidades tienen que ser satisfechas inmediatamente, siempre hay una agenda muy apretada y el medio nos exige respuestas inmediatas. Un periodista que se llama Carl Honoré, a quien tuve la oportunidad de ver en una charla aquí en Bogotá, tiene posturas supremamente interesantes sobre este tema (aunque está en inglés, recomiendo la siguiente charla en TED Talk en donde expone muchos de ellos  http://www.youtube.com/watch?v=npRXazR1LtU).

Básicamente Honoré plantea que al contrario de la tendencia actual, es necesario generar una conciencia individual en cuanto a qué ritmo estamos viviendo. Asegura que generando tal conciencia y haciendo esfuerzos para detenernos a realmente experimentar y vivenciar con más calma los momentos y experiencias que se nos atraviesen, la calidad de nuestra vida va a aumentar; la manera como trabajamos y el tipo de relaciones que construimos van a ser más ricas. Una de las frases que Honoré menciona en el video y que podría resumir en parte su punto podría traducirse de la siguiente manera: Estamos apresurándonos por la vida en lugar de realmente vivirla (We are hurrying through our lives instead of actually living them).

Como no hay que llevar nada a los extremos también creo que en el mundo de hoy, el responder rápido a ciertas cosas, es una habilidad necesaria. Sin embargo si estoy de acuerdo con que detenerse y no dejarse llevar ciegamente por un ritmo acelerado sin sentido, con el fin de aprender a encontrar un balance en los propios ritmos, también debe ser una habilidad ( pensemos que porque “todo el mundo” lo hace, no necesariamente está bien). Es necesario usar el criterio propio. ¿Porqué aceptar sin cuestionar la dinámica que se ha generado en muchos contextos, en donde el más ocupado, el que más tarde sale del trabajo o el que menos tiempo tiene es el más exitoso? ¿Podríamos hablar de un lento bueno y un lento malo? A propósito de lo anterior también recomiendo este artículo del New York Times (http://opinionator.blogs.nytimes.com/2012/06/30/the-busy-trap/?emc=eta1&_r=0 ) en donde la persona que lo escribe dice que la necesidad de estar siempre ocupados se debe en parte a no querer parar porque de lo contrario tendríamos que pensar en muchas cosas de fondo sobre el sentido nuestras vidas, lo cual en muchos casos y para muchas personas no sería conveniente.

Carl Honoré dice que en el fondo del asunto está la concepción occidental que se tiene del tiempo, la cual es lineal (versus una concepción cíclica propia de otras culturas) en donde se piensa que éste es limitado, se puede agotar y por lo tanto hay que sacarle el mayor provecho. Al oír lo anterior pensaba que  al querer sacarle mayor provecho al tiempo seguramente sí podemos ser más eficientes en muchos momentos pero en otros, esto puede jugar en contra nuestra. En lugar de estar realmente presentes pareciera que simplemente tacháramos nuestras experiencias  para irlas quitando de nuestros pendientes.

¿Qué tiene que ver esto con la paternidad? Si un papá o mamá logra esa posibilidad de vivir la vida más serenamente va a tener mayor disposición para compartir tiempo con su hijo o hija cada vez que lo tenga.  El pensar en esto de los ritmos puede ser interesante de la siguiente manera. Los niños tienen un ritmo diferente al nuestro. Cuando son pequeños afortunadamente no han entrado en la velocidad en la que la mayoría vivimos (aunque a veces desde muy pequeños nos encargamos de contagiarlos llenándolos de mil actividades). Si lográramos conectarnos con ese ritmo pausado y pudiéramos valorarlo y respetarlo, probablemente los momentos que pasemos con ellos serían mucho más enriquecedores.  Soy consciente de que en muchos momentos esto no es fácil, estamos cansados y queremos que coman rápido para que se acuesten rápido, o simplemente hay momentos en los que no es posible parar. No obstante creo que es un ejercicio muy enriquecedor, el intentar crear una conciencia que nos permita detectar momentos en los que sí nos podemos conectar con su ritmo y así contagiarnos y disfrutar de él. En la charla a la que asistí, Honoré ponía un ejemplo muy sencillo que no se porque razón se me quedó tan fuertemente en mi memoria. El decía que es típico ver (especialmente en las ciudades) cómo cuando un niño se acerca a una flor a tocarla, olerla y observarla, está uno de los padres detrás pidiéndole que se apure y que la suelte ya que se deben ir porque se les hace tarde para algo.

Lo invito a pensar entonces si su modo de base o su modo por naturaleza es el de no parar, el de “apresurarse por la vida sin detenerse a realmente vivirla”. Lo invito también a que a su manera y cuando pueda, intente contagiarse del ritmo de sus hijos, (y si no los tiene a que se conecte con otros ritmos) a parar por un momento y así sea por un corto tiempo al día conectarse con el, dejarse llevar sin pensar en lo que tiene que hacer después. Deje el celular al lado y deje su modo acelerado en stand-by. Intente vivir lo que cada minuto trae. Yo lo estoy tratando de hacer y aunque no es nada fácil, cuando lo logro,  la calidad de mis momentos mejora sustancialmente.

Mariángela Rodríguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

@mariangelabadel

 

¿Cuántas tragedias más se necesitan?

Cortesía de www.freedogotalphotos.net

Cortesía de www.freedogotalphotos.net

Los cambios culturales y sociales toman tiempo.  Se que el hecho de que una sociedad adquiera mayor conciencia sobre algún asunto es una transformación que no es inmediata. Entendiendo lo anterior y sabiendo que hay que darle tiempo al tiempo, había preferido  (no se si de manera ilusa) ser optimista creyendo que sí se ha aumentado la conciencia de las personas en cuanto a lo peligroso que es manejar cuando se ha tomado alcohol. Sin embargo el leer y oír las noticias sobre lo que pasó hace unas semanas con el señor Salamanca y sus víctimas, me ha devuelto a la triste realidad y a pensar que lamentablemente lo que para muchos es inconcebible a estas alturas del partido, para otros aún (por increíble que parezca) no tiene mayor trascendencia.

Una desilusión adicional me he llevado al pensar que el responsable de esta tragedia pertenece a la generación de la cual se esperaría que todos los esfuerzos que se han hecho, hubieran tenido algún efecto. Es una decepción pensar que alguien de 23 años no haya evolucionado en ese sentido. Es inconcebible que cualquier ser humano  independientemente de su edad, tome una decisión como ésta (porque , el manejar con tragos es una decisión muy consciente), pero que una persona de 23 años lo haga resulta para mi aún bastante más frustrante.

Hace días venía pensando en que quería escribir sobre el tema. Tal vez por hacer mi propia catarsis al respecto pero también por reflexionar sobre lo ocurrido. Mis intenciones se encontraron con un artículo (muy recomendado) escrito por Sergio Ocampo Madrid, columnista del diario La República que se titula “Fabio, el niño del Audi que no tuvo la culpa”. Entre otras cosas el artículo hace alusión a como la generación de jóvenes que ronda los 25 años son producto de unas formas de crianza con las cuales se les daba mucho poder y en donde la autoridad cobró otro significado. Ocampo cuenta como una amiga de Fabio Salamanca en una audiencia gritó que lo ocurrido había sido un accidente y que él por lo tanto no tiene la culpa. Según el columnista esto es reflejo de ese pensamiento propio de dicha generación en donde “se quiere pasar rápido la página” y se asume que por ser un accidente Salamanca debe ser exonerado de toda culpa. Grave error.

Siempre me he sentido defensora de las nuevas generaciones, pero creo que vale la pena cuestionarse si esto es algo en lo que hay que trabajar para los niños que vienen.  Es formación de carácter básica, el entender que todo acto tiene una consecuencia que es necesario asumir. Creo también que es fundamental entender que el tener buena intención o el no tener mala intención no siempre funcionan como  un salvavidas. Probablemente Salamanca no tenía la intención de matar a dos personas y dejar en una crítica situación a otra; no obstante sí sabía que al manejar su carro a 140 kilómetros por hora con nivel 3 de alicoramiento lo convertía en un peligro.

¿Así que cuántas tragedias más necesita usted? Si ya tuvo suficientes quiere decir que su conciencia está bastante desarrollada en este sentido. A veces pienso en la propia tragedia que la familia Salamanca debe estar viviendo y no me alegro, lo siento por ellos. Desafortunadamente todos y principalmente Fabio tendrán que asumir la consecuencia de su acción, tal vez haber tenido más presente lo anterior en el momento de tomar las llaves de su carro hubiera evitado que tuviera que pasar por este trágico evento para ojalá haber aprendido una lección.

Personalmente pienso que es necesario ser absolutamente radical con este tema. Los que somos padres y/o tenemos algo que ver con jóvenes y niños tenemos la responsabilidad de seguir trabajando por aumentar ese nivel de conciencia y superar por fin esa práctica que aunque en unas épocas fue usual y “normal”, para mí, en este momento, es sinónimo de una mentalidad arcaica y absurda. Debemos seguir siendo agentes activos de ese cambio social. No queda más sino conservar la esperanza de que con nuestro esfuerzo, las generaciones de niños y jóvenes que están creciendo puedan ser superiores a nosotros en ese y ojalá en muchos otros sentidos.

 

Por Mariángela Rodríguez Badel

@mariangelabadel

mariangelabadel@gmail.com