Una casa de lata

casa terminada

Cortesía de Un Techo para mi país

Ahí estábamos a las 6:45 A.M. de un domingo en el punto de encuentro acordado. Éramos  10 personas e íbamos al encuentro de otras cinco. Nuestro objetivo era construir una casa para ellos ya que en la que vivían no era digna de un ser humano; “casa” no era un nombre preciso para llamarla.  Estábamos liderados por “Un Techo para mi País”(fundación para la que aprovecho hacer la cuña publicitaria ya que hacen una labor impresionante). Esta era la primera vez en la que yo iba a hacer parte de esta experiencia y para ser honesta no concebía cómo íbamos a poder lograr el objetivo de construir una casa con nuestras propias manos para que una familia de Soacha viviera un poco mejor.

Cuando llegamos, el panorama como bien se pueden imaginar, era triste. En mi cabeza solo rondaba una pregunta y era ¿porqué hay personas que nacen tan afortunadas y otras que nacen en la miseria? Mis preguntas no me llevaban a hacer análisis de tipo económico o político sino que no se porqué pensaba en temas un poco más, digamos, metafísicos  y de corte espiritual. Para unos esto podría ser explicado por el karma y para otros puede ser suerte o simplemente el producto de una cadena circunstancias. Nuevamente, no tengo la respuesta y  nunca la tendré con certeza, pero el caso es que así es, esa es una realidad. Mientras pensaba, vivía la experiencia y me dejaba guiar por los voluntarios de “Techo” con el fin de que una familia recuperara algo de esa dignidad que todos merecemos.

Luego de seguir el trabajo que otros voluntarios hicieron durante todo el día del sábado logramos levantar una casa, que aunque no fue terminada ese día ya que el tiempo fue más rápido que nosotros, ya reflejaba algo más de calidad de vida para la familia. Todo el tiempo supe que tenía que escribir sobre esto.

Además de lo que aprendí acerca de pilotes, mediciones, niveles, estructuras y demás, me reencontré con la idea de que el mundo es  mucho más complejo de lo que muchas veces nuestra rutina nos permite recordar. Me reencontré con la idea de que el nuestro (creo que hoy en día la gran mayoría lo son) es un país de contrastes que a veces duelen pero que muy frecuentemente son ignorados. Necesariamente tuve que conectar todo esto con los temas de mi blog. ¿Cómo?

Si usted está leyendo esto, probablemente es un privilegiado en la vida. Probablemente tiene un techo, educación, un trabajo, posibilidades de entretenimiento etc. Por lo tanto si tiene hijos o si los planea tener, ellos también lo son o lo serán (y no estoy hablando de riqueza).  ¿Qué tanto cree usted que dentro de la formación que les de, de manera intencional, usted debe hacer esfuerzos para que ellos conozcan esta realidad y tomen conciencia de ella? Yo por lo menos me reconecté con este idea luego de mi último  domingo.

Yo se que son muchas cosas las que como papás y mamás debemos tener en cuenta en el proceso de formación de los hijos, pero creo que en un mundo como el nuestro, el no generar conciencia en las nuevas generaciones sobre la realidad mencionada anteriormente, es irresponsable. Como decía en un párrafo anterior, a veces nuestra rutina  nos consume y nuestras propias burbujas y luchas personales no nos permiten tenerlo tan presente.

Además del impacto que un ser humano puede tener sobre otro que se vea beneficiado de su generosidad, creo que el poder enseñarle la importancia de esto a los niños y jóvenes forma carácter, enseña empatía, sensibilidad y ofrece perspectiva. Claramente no creo que el nacer privilegiado y tener comodidades sea malo. Pienso que las oportunidades hay que aprovecharlas y que el ser agradecido siempre es algo poderoso. Sin embargo sí opino que si somos tan afortunados de ser parte de ese lado de la realidad, algo de todo eso (no necesariamente material) deberíamos compartir con otros que no corrieron con la misma suerte.

Cuando hablo de compartir no pienso en enseñarles a los niños y jóvenes que ser solidario es tener lástima por los que están necesitados o que lo único que debemos hacer es regalar los juguetes y la ropa que no les gusta; creo que en lugar de lástima la palabra es compasión. Puede ser caridad, pero ojala todos  fuéramos más allá. Me acuerdo mucho de unas palabras que oí de Catalina Escobar (la colombiana nominada a “Héroes” de CNN). En una charla a la que asistí hacía mucho énfasis en que cuando se trabaje por los más necesitados  hay  que pensar en grande. Si mal no recuerdo decía: “para los pobres lo mejor”. Ojala de vez en cuando, pudiéramos encontrar maneras con las que junto a nuestros hijos demos algo de nosotros que pueda ser trascendental para la vida de otros.

Creo que hay que empezar por uno mismo; por ver el valor que esto tiene. Esta pequeña experiencia para mí fue una invitación para seguir pensando en otras posibilidades de este tipo, así como un llamado a tener siempre presente en la educación de mi hijo este aspecto. Los invito también a ustedes a que lo piensen y si creen que vale la pena lo tengan en su radar

Por cierto… si alguna de las empresas donde trabajan o ustedes mismos quieren unirse e invertir una plata en una buena causa tengan en cuenta esta fundación. http://www.techo.org/colombia/

 

Una generación de narcisos

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Primero yo, segundo yo, tercero yo. Así podrían definir algunas personas a la generación de jóvenes nacidos entre 1982 y 2000 aproximadamente. Es mucho lo que se ha dicho sobre los “millennials” (ese es el nombre que le han puesto); en Internet existen publicaciones que los atacan y otras que los justifican. Aunque “millennials” es un término en inglés que principalmente se refiere a esta generación de jóvenes en Estados Unidos y que en parte explica su idiosincrasia debido a la recesión económica que ha vivido ese país,  creo que la discusión es válida para Latinoamérica.

En mayo de este año la revista TIMES publicó un artículo llamado “The Me Me Me Generation”. En el Joel Stein calificaba duramente a los millennials usando adjetivos como  narcisos, perezosos, superficiales y egocéntricos. Las reacciones no se hicieron esperar en rechazo o defensa. Como siempre, creo que no está bien simplificar los fenómenos y sacar conclusiones muy rápidas o que busquen generalizaciones. Como siempre creo que frente a lo complejo, es importante incluir en el análisis varias miradas. Con ese fin en mente escogí el tema de esta semana, no tanto con la intención de sentar una posición en relación con qué tan buenos somos (o son porque las especificaciones de las edades varían de autor en autor y por eso no se si hablar de nosotros o ellos) sino más bien con la idea de simplemente reflexionar un poco sobre esto.

Al pensar en el tema una de las primeras cosas que se me viene a la cabeza es que el llamado “narcisismo” de los millennials tiene que ver con una respuesta de sus padres a educar bajo un esquema diferente al temor  y al autoritarismo el cual a veces tenía implicaciones negativas a nivel psicológico. Podría denominar este tipo de crianza como la del tributo a la autoestima a como de lugar. En varios de los artículos que leí me llamó la atención una expresión que usaban sus autores. En español sería algo así como que los millennials son la generación de los trofeos. Creo que la expresión explica perfectamente mi descripción de la crianza en el sentido en que se refiere a que esta generación recibía trofeos por todo: por participar, por esfuerzo, por simplemente estar ahí, lo cual pudo haber tergiversado el real significado de lo que es el reconocimiento y el construir una sana autoestima. Lo anterior sumado a que esta generación cuenta con Facebook, Twitter, Instagram y las demás redes sociales las cuales permiten mostrarle al mundo ese egocentrismo y recibir reconocimiento a cambio.

En unas de las publicaciones que leí, se sentía una especie de apatía con respecto a lo que los millennials son capaces de lograr y al impacto que pueden tener sobre la sociedad.  Para muchos las expectativas no son muy altas.  Algunas de las críticas o preocupaciones tienen que ver con que carecen de habilidades sociales por el alto uso de dispositivos tecnológicos, les falta conciencia sobre los demás por el egocentrismo con el que se les identifica, tienen una personalidad altiva y  se sienten empoderados,  no respetan las figuras de autoridad, no son tan estables en los trabajos como lo solían ser sus antecesores, gastan más de lo que ganan o tienen y viven con sus padres aún siendo adultos jóvenes. Sin embargo, y aunque siempre hay que reconocer que puedo tener una visión limitada,  mientras leía pensaba en tantos casos de personas jóvenes que ocupan altos cargos, que emprenden con iniciativas importantes y exitosas a edades tempranas y que tienen personalidades que dejan huella  y les permiten vivir múltiples experiencias que los hacen ser bastante interesantes.

Yo no soy partidaria de  hacer generalizaciones o juicios negativos sino más bien ser lo más objetiva posible y poder rescatar lo positivo, lo negativo y así pensar en un balance. ¿Qué sería entonces lo que las generaciones que les  siguen deberían rescatar y qué no? ¿Qué sería lo que los niños más pequeños, deberían aprender de ellos? Para intentar responder a que se debería rescatar tengo que hacer alusión a algo que leí en el Huffington Post lo cual me encantó y además comparto.  Simone N. Sneed dice que esta generación busca, redefinir lo que es el éxito, buscar propósito en lo que hacen y  alinear sus pasiones con su día a día. Para mí  esto quiere decir que buscan vivir la vida disfrutándola, que no quieren vivir para trabajar  sino disfrutar de lo que hacen y convertir su forma de ganarse la vida en algo que los llene más que en una obligación. Los millennials también son seres humanos abiertos a la diversidad, (una encuesta del Pew Research Center muestra como son más abiertos a las diferentes razas) y además aceptan y manejan el cambio con mayor facilidad. Tienen carácter y desafían las maneras tradicionales de funcionamiento de la sociedad, en otras palabras, no “tragan entero”. Personalmente creo que esas generaciones  entendieron que tienen el mundo a sus pies y que las oportunidades, si así lo quieren, son todas.

En cuanto a lo que le enseñaría distinto a mi hijo, creo que sería muy importante el rescatar el respeto por la autoridad. No creo que se debe “tragar entero” como se dice coloquialmente pero si creo que los niños deben saber donde están los límites y cuando no es bueno traspasarlos. Creo también que la tecnología no puede desplazar el valor del contacto humano, las conexiones y los vínculos reales. Los niños y adolescentes deben aprovechar todos los beneficios de la tecnología pero no dejar a un lado la interacción adecuada con sus semejantes. Tampoco creo que se deba confundir la idea de querer disfrutar de lo que se hace y alinear la existencia con las propias pasiones, con una falsa idea de obtener las cosas fáciles, sin disciplina y esfuerzo. A su vez considero que el reconocimiento no puede ser automático sino que se debe ganar y que de vez en cuando descentrarse un poco y pensar más en los demás no le sentaría mal  a nadie.

El artículo del TIMES tenía como imagen una adolescente tomándose una foto con su celular. Pareciera que si hubiera muchos narcisistas  enamorados de ellos mismos publicando y compartiendo fotos de cómo se ven,  de lo que hacen y lo maravillosa que es su vida. A veces pareciera que quisieran popularidad o hasta aprobación  a través de la Web. Talvez algunos se reduzcan a esto pero creo que hay bastantes más que no se quedan ahí sino que intentan ir más allá y superar las expectativas de los que no son muy optimistas y no esperan mucho de ellos. Puede ser que lo que ocurra es que lo estén haciendo en formas que desafían las prácticas tradicionales.

Por Mariángela Rodríguez Badel – mariangelabadel@gmail.com

 

 

 

Dicen que mamá solo hay una y que papá puede ser cualquiera

Cortesía de Alex from Ithaca http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Flickr_-_eflon_-_Father_and_Son.jpg

Cortesía de Alex from Ithaca

Hace bastantes  años se pensaba que el rol del padre estaba limitado a ciertos aspectos de la educación de los hijos (por ejemplo el que proveía económicamente y el que regañaba cuando las cosas se ponían serias). Los niños asumían que el papá era ese ser al que había que tenerle absoluto respeto y hasta temor, era el que traía el pan a la mesa y con el cual nunca se podía hablar de varios temas. Muchos dicen que mamá es mamá y no hay nada como ella. Muchos hombres a veces se aprovechan de esto y delegan su responsabilidad como padres sobre otros. Sin embargo el mundo ha cambiado y con el paso del tiempo son muchos los que con su papel han flexibilizado los estereotipos del pasado y están dándole cabida a la posibilidad de pensar que su rol también es irremplazable.

 Creo que no es muy difícil adivinar porque escogí este tema como mi artículo para esta semana. Se aproxima el día del padre y  aunque a veces creo que este tipo de fechas son resultados de esfuerzos de mercadeo, me parece importante rendirles un homenaje y reconocer la labor de aquellos que se lo toman con toda la seriedad, compromiso y responsabilidad del caso. Aquellos que cambian pañales, caminan con pañaleras rosadas al hombro, dejan a un lado su celular mientras ayudan con la tarea de matemáticas, van a las entregas de notas y presentaciones escolares,  consienten pero a la vez ponen límites y enseñan disciplina, recogen en fiestas en la madrugada, leen cuentos, son ejemplo, juegan, alimentan y bañan. Muchos de ellos se han encargado de que su rol sea más reconocido, sin embargo en muchas ocasiones las mamás nos llevamos todo el protagonismo. Por eso este artículo es en su honor.

 En alguna época el rol de los padres era subestimado. La psicología tuvo algo que ver, ya que en las investigaciones sobre crianza se le daba poca importancia a este tema e incluso su influencia frente a los hijos era reportada como insignificante. Los investigadores no los tenían en cuenta en sus estudios y solo contaban con las madres para profundizar en el conocimiento acerca de los proceso de crianza y formación de los niños. Los tiempos son distintos ahora.  Las transformaciones sociales y económicas, como por ejemplo el ingreso de las mujeres a la fuerza laboral, han hecho que paulatinamente los padres hayan ido transformando su papel, volviéndolo cada vez más activo y diverso. Los estudios ahora muestran cómo el rol del padre SI es importante. Según un artículo de la Asociación Americana de Psicología (APA), gracias a múltiples investigaciones llevadas a cabo con familias de todo tipo de origen étnico, es posible confirmar que el afecto de un padre y el nivel de involucramiento con su familia, promueve el desarrollo social y emocional de los hijos.

 ¿Pero qué exactamente es lo que dice la investigación? Child Welfare es una agencia del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos que busca promover el  bienestar de los niños y adolescentes. En uno de sus reportes (The Importance of Fathers in the Healthy Development of Children) hablan sobre algunos de los hallazgos. En resumen los estudios realizados corroboran que un padre que se involucra en el día a día de sus hijos aumenta las probabilidades de que éste o ésta tenga un desarrollo positivo en áreas como su habilidad cognitiva, desempeño académico, bienestar psicológico y comportamiento social. Sobra decir que este impacto no se limita a la infancia sino que trasciende a la vida adulta.

 Es cierto, las mujeres fuimos bendecidas con la posibilidad de cargar a nuestros hijos durante 9 meses, sentirlo y empezar un vínculo para toda la vida, pero eso no quiere decir que su papel deje menos huella en sus hijos. Por todo lo anterior, esta publicación en mi BLOG tiene la intención de resaltar y honrar la importancia  que el rol de los papas tiene en la vida de los niños y adolescentes. No importa si se es padre de un niño o niña, si está casado, divorciado, o es padre soltero; no importa si la mujer gana más o si sigue siendo el único proveedor en su casa. Su presencia es tan importante como la de la madre.

 Así que para los papás actuales y para los que algún día planean serlo: Mamá es mamá, pero cuando papá es papá y está presente en la vida de sus hijos, su presencia así como su ausencia puede ser trascendental y puede marcar una diferencia. Encárguense de corroborar de que en su caso particular evidentemente  mamá solo hay una pero que papá NO puede ser cualquiera.

 Gracias  y feliz día a mi padre y al papa de mi hijo. Feliz día a todos los que se toman su papel como toca.

Por Mariángela Rodríguez Badel

mariangelabadel@gmail.com

El fenómeno de los niños y adolescentes adultos

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Cortesía de www.freedigitalphotos.net

Con la variedad de teorías que a través del tiempo han surgido en relación con cuáles son las mejores pautas de crianza,  existe tanta información, que en ocasiones  los padres y educadores se abruman y confunden. La tarea de encontrar un buen libro sobre paternidad en una librería puede ser extenuante; ni hablar de la búsqueda de libros o artículos virtuales. Como es natural, a lo largo de la historia se han discutido múltiples posturas en relación con el tema, que han pasado de contemplar al niño como un ente pasivo al cual los adultos tienen que llenar de conocimiento, a asumir en la práctica que por los afanes de la vida moderna el niño es capaz de tomar responsabilidades que no le corresponden.

Yo claramente, no tengo la teoría definitiva ni la verdad absoluta en cuanto a cómo educar a los niños de hoy (de hecho creo que no existe UNA verdad), pero en este artículo me gustaría reflexionar sobre cómo sin darnos cuenta atribuimos a los niños y jóvenes características de adultos que no son capaces de asumir lo cual puede afectarlos negativamente. ¿A qué me refiero con esto?  A que esperamos que nos ayuden con decisiones que no están listos para tomar, a que olvidamos que somos los adultos los que tenemos el criterio para abordar ciertas situaciones y a que a veces les transmitimos información que no están listos para procesar. Creo que en cierta medida esta tendencia viene como respuesta a  las épocas de la educación basada en el autoritarismo, donde el niño prácticamente no tenía ni voz ni voto en la vida familiar y donde en muchas circunstancias casi que era anulado.

Es común escuchar a los padres, abuelos y adultos en general, hablando de lo inteligentes que son los niños de hoy. A menudo nos sorprendemos con muchas de sus respuestas y nos parece que tienen un “chip” bastante más sofisticado que el nuestro. Yo estoy de acuerdo. Los niños de hoy en día son diferentes. Pero para mi, esto no es más sino una respuesta adaptativa de la especie para enfrentar el mundo moderno. ¿Dicha característica significa que dejan de ser niños? Creo que lo que a veces ocurre es que confundimos inteligencia con madurez y ahí es donde empezamos a hacer atribuciones que para mí son incorrectas. Pensando en esto, me encontré con las ideas de  Rosa Barocio, que  una parte de su libro Disciplina con Amor,  explica esto mejor que yo. Refiriéndose a los niños dice lo siguiente. “Pueden ser muy inteligentes, tener una sabiduría que nos asombra por su profundidad, pero eso no quiere decir que puedan manejar sus vidas o que tengan la madurez para tomar decisiones importantes. Porque la madurez es resultado de la experiencia, es decir, de asociar causa y efecto y poder recordarlo”. Estoy completamente de acuerdo con dicho planteamiento. Un ejemplo claro que ilustra este punto es lo que ocurre a veces con niños que tienen inteligencia superior, pero que en el ámbito emocional y social necesitan mucho apoyo.

Para ahondar un poco más en lo anterior creo que es importante pensar en qué tipo de  atribuciones pueden darse  en el día a día. Más concretamente creo que el análisis tiene que ver con qué tanto decidimos integrar el mundo del adulto con el del niño. ¿Qué decisiones les ponemos a tomar? ¿Pueden decidir que tantos chocolates comen? ¿Pueden decidir hasta qué horas ver televisión? ¿En qué casas de amigos quedarse a dormir? El querer y el deseo no pueden ser suficientes criterios para dejarles escoger. A veces se puede, pero no siempre. También creo que todo esto tiene que ver con cómo y en qué momento les presentamos el mundo adulto. Cuando ven los noticieros o nos escuchan hablar de  cómo el amigo de nuestra amiga dejó a su esposa por otra, ¿qué tanto están pudiendo realmente procesar? Personalmente pienso que no se trata de esconderles o adornarles la realidad  sino de presentárselas de tal manera que la puedan asimilar de acuerdo al momento de desarrollo en el que estén.  

Todo lo anterior también aplica para los adolescentes. Esta, creo que es una etapa que pone muchos retos en cuanto a qué responsabilidades dar y cuáles no. En este momento de la vida hay que dar ciertas libertades pero no todas y el entender esa tarea pone a prueba el criterio adulto. Cuando un adolescente de 15 años pide permiso para hacer un plan con los amigos que no creemos vaya a ser lo suficientemente protegido, quienes tienen el criterio para poder decidir que no va son los adultos a su alrededor. Por la forma como se expresan y argumentan lo que quieren, a veces nos confunden y nos hacen pensar que tienen el mismo criterio nuestro pero en algunas ocasiones no es así. A veces la frase “todos fuimos adolescentes, todos pasamos por ahí” aplica para conectarnos con lo que disfruta un joven, pero no aplica para determinar que le conviene más. Si con la madurez que tenemos ahora viviéramos la adolescencia por segunda vez, estoy segura de que la experiencia sería en muchos aspectos, muy diferente.

En este punto creo que es pertinente hablar de la expectativa de independencia en los niños. Esta es una expectativa de la educación moderna y en ningún momento pretendo decir con este artículo que esto es inadecuado. Para mí,  educar para la independencia quiere decir respetar las etapas de desarrollo de cada niño y usar nuestro criterio adulto para ayudarles a cumplir con las tareas típicas de cada edad, logrando que sean recursivos y se desenvuelvan en el mundo de manera satisfactoria, sin depender de los adultos en aspectos en los que no lo necesitan.

Debemos tener en cuenta que sin importar el siglo en el que estemos o la tendencia en educación que esté prevaleciendo, hay una diferencia entre el criterio adulto y el del niño. Es necesario tener  la sensatez necesaria para así poder transmitir seguridad con respecto a las decisiones que tomamos. Permitirles a los niños ser niños no es asumir que son pasivos o que tenemos que anularlos sino que por el contrario es algo respetuoso con su proceso.  El reto como todo en la vida es poder encontrar un balance sano, y aunque  no existe una receta exacta porque cada familia tiene escalas de prioridades diferentes, el sentido común si es algo a lo que todos podemos acudir en pro del desarrollo positivo de nuestros hijos.