¿Usted acepta a su hij@ incondicionalmente?

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Este artículo empieza con una anécdota real que aunque sencilla, me hizo reflexionar sobre el tema de esta semana. El sábado mi esposo y yo decidimos llevar a nuestro hijo  de un año a probar una clase de natación. La realidad es que no empezó muy bien. Lloraba, gritaba, le daba susto y pedía que lo sacaran. Durante esa primera parte de la clase yo lo miraba y trataba de animarlo desde “la barrera”. Alrededor de él estaban los otros alumnos que con mucha destreza y tranquilidad, en compañía de sus padres, hacían juiciosamente lo que el profesor les decía.  La clase avanzó y poco a poco se fue tranquilizando y disfrutando un poco más. Al final hasta interactuaba con el profesor que al inicio había sido su peor amenaza.

De esta historia tan sencilla y cotidiana no se puede sacar mucho análisis. Es simple: a veces los niños necesitan tiempo para sentirse confiados y seguros frente a una situación nueva. Hasta ahí no hay nada interesante; lo anterior es un hecho y no se necesita procesar mucho para entenderlo. Sin embargo,  no fue la experiencia de él la que inspiró este artículo. Fue la mía.

Antes de hablar de mi experiencia, vale la pena aclarar que en los últimos meses él ha ido manifestando más claramente su temperamento y a que poco a poco ha dejado de ser el bebé conforme y tranquilo al cual todo le parecía bien. En otras palabras, ahora cuando algo no le gusta lo manifiesta de alguna manera (a veces bastante contundente) y para nosotros ha sido todo un proceso entender esta nueva faceta. Mi experiencia el sábado básicamente puede ser descrita como frustrante. Lo que pensaba era que no estaba bien que mi hijo se quejara y que se pusiera bravo y muy en el fondo deseé que fuera diferente. Luego de un par de horas, tuve la gran fortuna de pensar distinto y simplemente permitirme aceptar  su reacción tal y como había sido.

Siempre se ha dicho que el amor de padres es incondicional y que de esta misma forma aceptan a sus hijos. Pero  ¿qué implica realmente la aceptación incondicional?  Mi simple historia de fin de semana y las nuevas expresiones de carácter del nuevo integrante de la familia me llevaron a algunas conclusiones.

En cierto sentido aceptar  es relajarse. Es hacer un ejercicio consciente por no poner expectativas de otros en los propios hijos. Es trabajar en reconocer que el proceso de cada niño es único y que cada familia tiene sus propias batallas. Es bueno a veces tomar perspectiva y reflexionar sobre una condición humana que consiste en hacer comparaciones y en pensar que los otros siempre están mejor. Cuando en una fiesta una mamá ve que el hijo de la amiga es extrovertido y sociable, probablemente siente un poco de decepción (que además se traduce en culpa) porque el de ella es algo tímido y se toma su tiempo para entrar en confianza. Lo que probablemente esta mamá no piensa es que ese hijo de su amiga tiene sus propias batallas que luchar. Para mí, tomar perspectiva es poder concentrarse en  el propio proceso y aceptar lo que venga de el con amor y respeto.

¿Aceptar incondicionalmente significa obligarse a no cuestionarse nunca o negar los sentimientos que ciertos rasgos de su hijo le generan? En absoluto. Aceptar no es sinónimo de negar cómo se siente. Usted puede reconocer que la timidez de su hijo o hija lo frustra o le preocupa y eso no lo hace un mal padre; por el contrario lo hace un padre más sano ya que puede ser capaz de manejar esos sentimientos a favor suyo y de su hijo. A veces pienso que la sociedad manda el mensaje de que el comportamiento de los niños es el termómetro perfecto para juzgar que tan buen padre se ha sido. Considero que parte del aceptar, es no comprarse este discurso y “con la cabeza en alto” concentrarse en (como decía en un artículo anterior) ser lo suficientemente bueno; en hacer lo mejor posible.

El proceso de  aceptar también implica ser consciente de las aspiraciones personales  que  muchas veces les son transferidas automáticamente a los niños. ¿Qué tanto de lo que le molesta o le cuesta trabajo aceptar viene de sus propias frustraciones o expectativas personales? ¿Por ser alguien sociable espera que su o sus hijos también lo sean? ¿Que pasaría si entendiera de donde viene su expectativa y sin pretender que su hijo o hija sea igual a usted, trabajaran por lograr que por ejemplo siendo tímido, fuera lo suficientemente funcional socialmente?

Por ningún motivo quiero transmitir el mensaje de que la paternidad debe ser pasiva ante las fallas de los hijos. Si este fuera mi objetivo estaría ignorando el sentido último que tiene el rol de los padres. Aceptar incondicionalmente no excluye el tener ciertos estándares en cuanto a  límites, principios y valores que uno quiere que su hijo desarrolle.  Para mí quiere decir que es necesario entender que dentro de este marco general su hijo va a desarrollarse de una u otra forma y que es posible que usted no vaya a tener el 100% de control. Aceptar no es esperar pasivamente, es también  trabajar por conseguir que los defectos que pueda tener le permitan a su hijo ser lo más funcional posible y tener una vida más satisfactoria (no perfecta).

La aceptación es poderosa en muchos aspectos de la vida. En mi faceta como mamá he descubierto que uno de esos aspectos es la paternidad. Creo que permite quitarse bastantes culpas y pesos de encima.  La siguiente frase confirma lo anterior. La encontré en la página de otra bloguera que reflexiona sobre el mismo tema y la traduje para ésta.  (Solo una anotación: cambiaría maternidad por paternidad con la intención de incluir a papas y mamás por igual).

“La maternidad se trata de criar y celebrar el hijo que tienes, no el hijo que pensaste que ibas a tener. Se trata de entender que es exactamente la persona que debe ser y que si tienes suerte, él  podría convertirse en el profesor que te convierta en la persona que tú debes ser”  Joan Ryan.

 Por Mariángela Rodriguez Badel  – mariangelabadel@gmail.com

“Keep Positive and Stay Strong”

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Hace poco tuve una conversación con uno de los adolescentes con los que trabajo (digamos que se llama Rodrigo). Rodrigo me contaba que una de las conclusiones que sacó por algunas experiencias que tuvo, es que el mundo tiene un lado muy “negro” y que hay gente “muy dañada”. Mientras hablaba tenía obviamente una expresión en su cara que denotaba tristeza y desesperanza. Pensaba que es realmente muy triste que una persona de 18 años sienta que el mundo en el que vive, representa una amenaza. Para ser muy sincera en ese momento me sentí algo identificada con él. Sin embargo, yo era el adulto en ese momento. Así no me lo estuviera pidiendo explícitamente, el personaje que tenía enfrente buscaba algo de esperanza, algo que le permitiera ver la otra cara de la moneda. Cuando nos despedimos me quedé pensando en esto y decidí convertirlo en mi artículo de la semana.

 

¿Qué decirles a los niños y jóvenes para que puedan aferrarse al lado positivo de la vida? ¿Cómo desafiar esa sensación de desesperanza que como papás a veces sentimos cuando pensamos en cómo formar buenas personas en una sociedad que muchas veces solo muestra ese lado “negro” del ser humano?  

 

Así como no quería que Rodrigo cerrara nuestra conversación con ese sentimiento de impotencia, tampoco quiero que este artículo concluya con ese tinte un poco deprimente y desmoralizador. ¿Qué reflexiones hacer entonces para combatirlo? ¿De qué agarrarse?  Aunque no poseo la verdad absoluta creo que estas ideas pueden ayudar.

 

Creo en primer lugar que es necesario aceptar que este es el mundo en el que estamos viviendo. Que dadas las circunstancias actuales el propósito de la vida de cada persona debería ser hacerlo lo mejor que pueda. Rodrigo solo puede responder por sí mismo, Rodrigo solamente va a poder dar cuenta de sus acciones (buenas o malas) y solamente él va a poder sentir la satisfacción de ser un buen elemento para el universo. Solo él va a poder sentir la satisfacción de poder mantenerse fiel a sus principios, de actuar de manera coherente con el modelo de persona que él quisiera ser a pesar de las tentaciones que la vida le pueda poner en el camino para pasarse al lado “negro” del mundo (tal y como él lo decía). Esto no es un ideal que deba ser lejano en el tiempo, o para el cual deba uno tener cierta preparación, esto se hace en el día a día; en la cotidianidad de la vida tanto de un niño como de un adulto.

 

Otra idea que puede abonar a la esperanza es poner las cosas en perspectiva. Por más seres humanos que estén haciendo quedar mal a la especie hay otro tanto que están haciendo lo contrario. Buscar ejemplos de buenas iniciativas, de personas que quieren ser buenos elementos para el universo puede hacer que la balanza se equilibre un poco más. Con esto no me refiero a necesariamente buscar líderes que con sus acciones estén cambiando el mundo. Estos valen, claro que sí, pero también valen los ejemplos un poco más anónimos; un miembro de familia ejemplar, un profesor, un amigo, un empleado o un conocido que se vuelva inspirador por el hecho de vivir la vida siendo una buena adición para el planeta.

 

Una tercera idea que se me ocurre es hacer algo por los demás. Cuando se entrega algo a otra persona, la esperanza puede aumentar. Si el mundo está complicado pero uno hace algo por otros, el mensaje que se está mandando es que uno decide no ser pasivo ante las circunstancias, que uno está poniendo su cuota. Que uno cumple con su pequeña parte. Nuevamente, hacer grandes obras es maravilloso, pero las cosas pequeñas también tienen un impacto cuando lo que se hace tiene un significado para uno y para el otro. Simplemente acciones que muestren ese lado benévolo de la persona sin importar si se tiene 18 o 60 o si se es estudiante o alguien muy importante.

 

Tenemos la posibilidad de decidir que lugar queremos ocupar en el mundo. Como papás tenemos la responsabilidad de educar para que ojalá nuestros hijos se conviertan en buenos elementos para la sociedad. Lo único que no nos pueden quitar es esa libertad de decidir de qué lado queremos estar. El hecho de que unas personas decidan lo contrario, no puede lograr que el encontrarle sentido a ser buenos seres humanos se vuelva relativo. Esta es una lucha del día a día que vale la pena y que por más que nos equivoquemos en el intento trae muchas satisfacciones.

Nota: Cuando Rodrigo se iba a despedir un poco más animado afortunadamente, me dijo “…oye y con tu hijo que sea muy muy seguro y mucha comunicación desde el principio”. Sabias palabras que agradecí infinitamente.

¿Está seguro de que solo quiere felicidad para sus hijos?

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Después de lo que inicialmente iba a ser un breve receso (que se convirtió en no tan breve por vacaciones de Semana Santa y otras razones), vuelve el artículo de la semana. Durante las vacaciones, me atreví a llevar un libro conmigo. Digo me atreví porque las expectativas de poder leerlo eran realmente bajas (motivo: bebé de un año por primera vez en el mar). El libro es Disciplina con Amor de Rosa Barocio. En realidad no sabía que esperar pero a medida que pude avanzar algunas páginas, encontré ideas interesantes que me sirven para conectar otras sobre las que quise escribir hoy.

En el inicio la autora compara dos tendencias en los sistemas de crianza de los hijos; el que se usó para criar a las generaciones anteriores y con el que en muchos casos se está educando a los niños hoy. El primero, autoritario y rígido y el segundo bastante flexible y poco estructurado. Una de las desventajas del primero es que no tenía muy en cuenta el impacto que emocionalmente tuviera en el niño, el tener límites tan rígidos y el asumir posiciones tan distantes entre padres e hijos. Por el temor de seguir cometiendo errores que pusieran en juego el bienestar emocional de los niños, la balanza se movió radicalmente hacia el lado contrario. Una de las desventajas de este cambio es la poca estructura que en nombre de la felicidad se ha asumido. Algunos de los que leen mis artículos juiciosamente pueden estar pensando, “¿otra vez el tema de la felicidad?”. Si, otra vez. La felicidad como motor y norte de la educación está siendo cuestionada. La felicidad como proceso humano también “está de moda” como tema de investigación en psicología. Así que sí, vale la pena hablar y reflexionar sobre esto.

¿Existe la posibilidad de que como padres se haga demasiado por los hijos, y  en nombre de esa felicidad, se termine afectándolos negativamente? En pocas palabras esa es la tesis de un artículo en la revista The Atlantic que se llama “How to Land Your Kid in Therapy” (Como Aterrizar a su Hijo en Terapia), con el cual conecté lo que he mencionado sobre el libro de Barocio.

Al proponerse hacer demasiado por los hijos, indirectamente se está poniendo una expectativa sobre los padres que no es real. Me refiero a la expectativa de ser perfectos. En este artículo se discute la idea de que no se tiene que ser perfecto o perfecta para educar a un niño; solo se tiene que ser lo suficientemente bueno. Alguien puede tener la “mejor” crianza y aún pasar por momentos en los que no se es feliz. La crianza “perfecta” no es una fórmula para vivir permanentemente feliz, no es una vacuna contra los momentos difíciles. La autora del artículo dice que las Ciencias Sociales modernas respaldan lo anterior. Barry Schwartz, profesor de Teoría Social de la Universidad de Swarthmore dice lo siguiente (espero traducirlo lo mejor posible): “La felicidad como subproducto derivado del proceso de vivir la vida es algo excelente, sin embargo, la felicidad como meta última es una receta para el desastre”. Para mí, en otras palabras esto se refiere a que la vida es un proceso que tiene altos y bajos; que bueno que el resultado de vivir ese proceso de la mejor manera posible traiga felicidad. Sin embargo cuando esa felicidad es lo que buscamos como meta final y como el objetivo último de nuestras vidas, probablemente el proceso vivirla  y aprender de ella pierde sentido y genera mucha frustración.

Lori Gottlieb, la autora del artículo, empezó a interesarse en el tema cuando empezó a recibir en su consulta adultos jóvenes que reportaban haber tenido excelentes experiencias en su proceso de crecimiento, padres presentes y afectuosos, relaciones positivas con familiares y amigos, buenos trabajos, familias e hijos, pero sin embargo sentir un vacío que no sabían cómo llenar. Podría pensarse que en la mayoría de casos, esos vacíos o la dificultad para conseguir tener una vida satisfactoria, podrían explicarse por haber tenido infancias difíciles o relaciones disfuncionales con los padres. Pero ¿Cómo se entiende en los casos de los adultos “perfectos”? Para mí responde a una búsqueda (que puede ser no muy consciente) de felicidad permanente: felicidad como meta última. Algo que seguramente fue lo que interiorizaron cuando eran niños, cuando en lugar de reconocer un error, éste era traducido en “un buen intento”.

Cuando un niño está expuesto a siempre ser complacido, a siempre recibir halagos sobre los especial y talentoso que es, y a transformar los errores en buenas intenciones, es bastante posible que termine construyendo una visión algo tergiversada sobre sí mismo y que por consiguiente espere que en la vida adulta el mundo (esposo, amigos, jefes, compañeros de trabajo) se comporte de la misma manera con ellos. Me pregunto entonces si al hacer demasiado en nombre de esta tan anhelada felicidad, no se está construyendo por decirlo de alguna manera una autoestima artificial, producto de la aspiración de perfección, que no responde a un proceso sano de crecimiento en donde a través de las experiencias de éxito y reconocimiento de fallas, naturalmente se fortalece el concepto y reconocimiento que se tiene de sí mismo.

La perfección es una expectativa imposible de alcanzar por lo tanto crecer con ella es frustrante pues el mensaje que se obtiene de la vida cuando se intenta buscarla es que nunca se va a ser lo suficientemente bueno.