Siempre hay dos maneras de ver las cosas

Es muy común oír apreciaciones negativas de las personas en relación con la
adolescencia. Es casi esperado que cuando se hable de un adolescente alguien
diga “pobres papás” o “que jartera tener que atravesar por eso”. Los que ya son
papás de niños chiquitos piensan o dicen “como será cuando me toque a mi”.
Cuando le cuento a alguien a lo que me dedico (trabajo con adolescentes en un
colegio), el comentario generalizado es… ¨duro no?¨ y la pregunta a continuación es
“¿tienen muchos problemas?”. Pensar en la adolescencia para muchos es sinónimo
de preocupación y temor.

Si pienso en qué tantos problemas pueden haber en la adolescencia,
es cierto, si pueden haber varios. Sin embargo en lugar de pensar en algunos de ellos como
problemas, a veces me gusta pensar en estos como tareas. Así como un bebé debe
aprender a caminar, un adolescente debe aprender a ser independiente, a definirse
con mayor claridad, a manejar el mundo social de mejor manera etc.

Pensar en la adolescencia como una etapa en la que hay que cumplir
ciertas tareas me lleva a preguntarme si no habrá una forma menos dramática
y más natural de ver esta etapa de la vida. Un artículo de National Geographic
terminó por reforzar esta idea. El artículo se llama “Beautiful Brains”. En este,
el autor (David Dobbs) habla sobre una tendencia entre algunos expertos,
de abordar la adolescencia desde una perspectiva evolutiva. Dentro de esta
mirada, características típicas de la adolescencia tales como una propensión a
buscar el riesgo, la búsqueda de sensaciones y el dar preferencia a los pares, son
mirados como comportamientos adaptativos y necesarios para cumplir la tarea
fundamental que implica el convertirse en adultos: salir exitosamente del núcleo
familiar a enfrentarse con el mundo de manera independiente.

Pensando en lo que dice el artículo y haciendo muchas reflexiones que
me ha dejado mi trabajo, he llegado a una conclusión. Creo que muchas veces los
padres  consciente o inconscientemente llegan a la adolescencia de sus hijos con
el deseo o idea de que ojalá no cometan errores. Sin querer decir que creo que es
necesario desear que los hijos cometan errores, pienso que una aproximación un
poco más tranquila (y que puede quitar un peso de encima de los hombros) es
pensar que necesariamente los adolescentes van a cometerlos.

Hablando de errores también se habla de riesgos. No seria justo decir
que los padres no deberían preocuparse por los riesgos a los que se pueden
ver expuestos su hijos. Se ha dicho muchas veces que en esta etapa de la vida
los riesgos no se miden o no se ven. En este artículo que mencioné dicen que
al contrario de no ver los riesgos lo que ocurre es que las recompensas son
sobrevaloradas. Sea lo que sea la aproximación al riesgo es mayor.
Por lo anterior educar e informar para que tomen las mejores decisiones
posibles debe venir primero. Sin embargo esto no exime a los adolescentes de
en algún momento de sus vidas no hacerlo. ¿Donde está el valor del error? En
el acompañamiento de los papás hagan a sus hijos. En las reflexiones que de
esos errores salgan y obviamente en la expectativa de que la próxima vez que se
enfrente con una situación similar, la decisión sea un poco más acertada.

Reitero la importancia del acompañamiento. El acompañamiento no puede
aparecer por el temor de que el hijo o hija haga algo peligroso y debe empezar a
construirse en desde el inicio de la vida del niño. Así como se le da la mano a un
bebé para arrancar a caminar es importante darle la mano al adolescente para
hacer estas transiciones.

El aprender a caminar es una tarea natural y esperada.
Podríamos ver la adolescencia también como una transición natural e intentar ver
como algo fascinante, el poder ser testigo del paso de nuestros hijos, de ser niños a
buenos seres humanos adultos.